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martes, 29 de septiembre de 2026

Inventamos o erramos: pensar desde Nuestra América

Documento colectivo de formación política

Espacio de Formación Política Ateneo Néstor Kirchner 



Hay una pregunta que atraviesa nuestras discusiones y que quizás constituye el punto de partida de toda reflexión política sobre Nuestra América: ¿desde dónde pensamos cuando pensamos Nuestra América?

No es una pregunta menor. Durante siglos, nuestro continente fue pensado desde afuera. Fuimos definidos por otros, clasificados por otros, interpretados por otros. Se nos dijo qué éramos, qué debíamos ser y hacia dónde debíamos avanzar. Pero la dominación no se limita a imponer desde afuera determinadas formas de pensar. Una de sus dimensiones más profundas consiste en que esas formas de pensamiento pueden ser incorporadas por los propios sujetos dominados hasta presentarse como naturales, evidentes y universales. La mirada del dominador puede convertirse así en nuestra propia mirada. Naturalizamos categorías, valores, instituciones y representaciones históricamente producidas y terminamos percibiéndolas como si fueran la única manera posible de comprender el mundo.

Por eso una de las frases que surgió en nuestras discusiones resulta particularmente significativa: “Estamos siendo pensados y no pensamos.”

La frase señala un problema político fundamental. Si no pensamos por nosotros mismos, dejamos de ser sujetos para convertirnos en objetos. Objetos de pensamiento de otros, objetos de la historia escrita por otros, objetos de una praxis que otros realizan sobre nosotros. Recuperar nuestra capacidad de pensar significa, por el contrario, recuperar nuestra condición de sujetos: sujetos de pensamiento, sujetos de nuestra propia historia y sujetos de nuestra propia praxis.

Pensar desde Nuestra América constituye, entonces, un desafío político. No significa rechazar el pensamiento europeo ni desconocer los enormes aportes que las distintas tradiciones filosóficas, científicas y políticas de Europa realizaron a la humanidad. Significa cuestionar que una experiencia histórica particular pueda presentarse como medida universal de todas las experiencias humanas.

Estamos imbuidos de Europa. Nuestra educación, nuestras instituciones, nuestras categorías políticas y buena parte de nuestras formas de comprender el mundo están atravesadas por tradiciones europeas. Un ejemplo particularmente significativo es la presencia del derecho romano en nuestras instituciones jurídicas. Una tradición histórica específica , a través de complejos procesos de transmisión, fue incorporada a nuestros sistemas legales y terminó formando parte de aquello que muchas veces percibimos simplemente como “el derecho”. Reconocer esta herencia no significa rechazarla, sino comprender que ninguna institución es completamente neutral ni está fuera de la historia.

Por eso debemos preguntarnos qué ocurre cuando intentamos comprender nuestra realidad con categorías que no fueron construidas a partir de nuestra propia experiencia histórica. La cuestión no consiste en abandonar aquello que hemos recibido, sino en apropiarnos críticamente de ello y preguntarnos qué categorías necesitamos producir para comprender nuestra propia realidad.

Aquí adquiere toda su fuerza la consigna de “O inventamos o erramos”, formulada por Simón Rodríguez en Sociedades Americanas. Rodríguez sostenía que la América española debía producir instituciones y formas políticas originales, porque una realidad histórica original no podía limitarse a reproducir modelos ajenos.

Pensar desde Nuestra América implica asumir el riesgo de inventar. No se trata de negar lo que otros pueblos han pensado, sino de apropiarnos críticamente de esos pensamientos para producir respuestas propias. No somos una copia defectuosa de Europa. Somos una realidad histórica singular, atravesada por la conquista, la colonización, la resistencia, la mezcla, la desigualdad, la dependencia y también por enormes experiencias de organización y emancipación.

 

Las revoluciones no pueden ser idénticas

Esta cuestión nos lleva directamente a la tradición política latinoamericana y, particularmente, al pensamiento de Juan Domingo Perón.

En su carta a Fidel Castro, Perón plantea que las revoluciones no pueden ser idénticas. La afirmación contiene una concepción profunda de la política. Ningún pueblo puede limitarse a copiar mecánicamente el camino recorrido por otro.

La transformación social no consiste en importar modelos terminados. Cada proceso revolucionario debe encontrar las formas adecuadas a sus propias condiciones históricas. La política es praxis; es pensamiento y acción sobre una realidad concreta.

Esta perspectiva aparece también en Latinoamérica, ahora o nunca, obra de Perón publicada en 1967, donde la cuestión continental adquiere una dimensión estratégica. La unidad de Nuestra América no aparece allí simplemente como una afinidad cultural entre países, sino como una condición política vinculada con la soberanía, la independencia y la posibilidad de construir un destino propio frente a las estructuras de dependencia.

Esto permite comprender al peronismo como parte de una tradición latinoamericana que concibe la transformación política desde las condiciones concretas de nuestros pueblos. La revolución no es un molde que se aplica desde afuera. Es una praxis que debe construirse históricamente.

Por eso la unidad de Nuestra América tampoco puede ser entendida como la simple reproducción de un modelo político único. La unidad no exige que seamos idénticos. Al contrario, la unidad de Nuestra América supone reconocer nuestras diferencias y, al mismo tiempo, nuestra historia y nuestros intereses comunes.

Bolívar, Martí, Perón y tantos otros pensadores y dirigentes de Nuestra América comprendieron que la fragmentación de nuestro continente constituía una de nuestras principales debilidades. La independencia política de cada país no podía desligarse de la construcción de una comunidad capaz de defender su soberanía.

La unidad de Nuestra América es, por eso, mucho más que una consigna. Es una necesidad política.

 

Nuestra América: el problema de nombrarnos

Pensar Nuestra América supone también preguntarnos cómo nos nombramos.

No se trata de una cuestión meramente lingüística. Nombrar es también producir una determinada representación de la realidad. Las palabras con las que designamos nuestro continente contienen historias, relaciones de poder y formas de comprender quiénes somos.

El propio nombre “América Latina” tiene una historia vinculada con una determinada construcción política y geopolítica del continente. Utilizarlo no significa necesariamente reproducir una posición colonial, pero sí nos obliga a preguntarnos por las condiciones históricas en las cuales ese nombre se consolidó y por aquello que deja en segundo plano.

Frente a esto, recuperar la expresión Nuestra América, tomada de José Martí, significa inscribirnos conscientemente en una tradición de pensamiento que buscó construir una mirada propia sobre el continente. El ensayo Nuestra América, publicado por Martí en 1891, constituye uno de los antecedentes fundamentales de esta tradición. Allí aparece la necesidad de pensar los problemas americanos desde las propias condiciones históricas y de rechazar la aplicación mecánica de modelos importados.

Por eso, cuando hablamos de Nuestra América no estamos simplemente cambiando un nombre por otro. Estamos reivindicando una posición desde la cual pensar.

Y pensar Nuestra América significa también reconocer que nuestra historia no comenzó con la llegada de Europa.

Aquí adquiere toda su fuerza la noción de Abya Yala. Recuperarla implica reconocer que antes de la conquista existían pueblos, territorios, conocimientos, lenguas, culturas y formas de organización que fueron violentamente subordinados. También significa cuestionar el lenguaje con el cual muchas veces seguimos narrando esa historia.

No se trata de reemplazar mecánicamente un nombre por otro, ni de construir una nueva etiqueta identitaria. Se trata de comprender que también el lenguaje puede ser un territorio de disputa política.

 

Siempre nos quieren someter

Nuestra América no es solamente un territorio delimitado en un mapa. Es una comunidad histórica. Una comunidad atravesada por lenguas, culturas, pueblos, memorias, luchas y experiencias compartidas.

Pero también es una comunidad atravesada por la dominación.

Una de las expresiones que surgió durante nuestras discusiones fue contundente: “Siempre nos quieren someter.”

La frase puede parecer sencilla, pero contiene una cuestión fundamental: la historia de Nuestra América está marcada por distintas formas de subordinación. Colonialismo, imperialismo, dependencia económica, intervenciones políticas y condicionamientos externos adoptaron distintas formas a lo largo del tiempo.

Hoy estas relaciones pueden aparecer bajo formas nuevas. Ya no necesariamente se presentan como una ocupación territorial directa. Pueden expresarse mediante la dependencia económica, la subordinación financiera, el control de recursos estratégicos, la influencia cultural o la imposición de determinadas agendas políticas.

Por eso hablar de soberanía implica preguntarnos quién decide sobre nuestro presente y, fundamentalmente, quién tiene capacidad para decidir nuestro futuro.

La riqueza de nuestra tierra

Nuestra América es una tierra de una enorme belleza y riqueza natural. Pero precisamente esa riqueza constituye también uno de los campos centrales de disputa política.

Agua, alimentos, minerales, hidrocarburos, biodiversidad, tierras fértiles, fuentes de energía: aquello que constituye nuestra riqueza puede transformarse en una fuente de soberanía o en un mecanismo de dependencia.

La cuestión no es solamente qué recursos poseemos. La pregunta fundamental es quién los controla, quién decide sobre ellos y para qué proyecto social son utilizados.

No puede existir una verdadera soberanía política si nuestros pueblos carecen de capacidad para decidir sobre los bienes fundamentales de sus territorios.

La defensa de los recursos naturales es, entonces, parte de la defensa de Nuestra América.

Y esto vuelve a conducirnos a la unidad. Un continente fragmentado es más vulnerable frente a quienes buscan apropiarse de sus riquezas. Un continente capaz de actuar políticamente de manera coordinada posee mayores posibilidades de defenderlas.

Alguien expresó durante nuestras discusiones una imagen que sintetiza esta idea: “Nuestra América es el puño cerrado. Sin embargo, todavía no lo está.”

Tenemos la posibilidad de ser una fuerza común, pero esa posibilidad todavía debe construirse.

 

La colonización también vive en nosotros

La dependencia no existe únicamente afuera. También puede instalarse dentro de nosotros.

Una de las observaciones realizadas durante el encuentro fue que los habitantes de Nuestra América muchas veces nos encontramos devaluados a nosotros mismos.

Esto significa que podemos reproducir la mirada del dominador incluso cuando creemos estar hablando desde nuestra propia perspectiva.

La dominación puede reproducirse mediante el lenguaje, la religión y la cultura. Puede aparecer en las palabras con las que nombramos a nuestros pueblos, en las imágenes mediante las cuales representamos lo sagrado, en las formas artísticas que presentamos como universales, en los relatos históricos que aprendemos, en las películas que consumimos, en las esculturas y pinturas que ocupan nuestros espacios públicos y en las representaciones de nosotros mismos que reproducen jerarquías históricas.

Cuando consideramos automáticamente superior aquello que viene de Europa o de Estados Unidos; cuando despreciamos nuestras propias culturas; cuando pensamos que nuestros pueblos son incapaces de construir instituciones propias; cuando consideramos inferiores nuestras formas de conocimiento; cuando un país de Nuestra América mira con desprecio a otro; cuando reproducimos entre nosotros las jerarquías que históricamente nos fueron impuestas, estamos contribuyendo a reproducir la dependencia.

Pero aquí aparece también una dimensión de clase. La dominación no produce solamente una determinada imagen de los pueblos colonizados sino que también puede producir formas de conciencia que dificultan reconocernos como sujetos colectivos. La percepción que tenemos de nosotros mismos está atravesada por nuestras condiciones materiales de existencia, por nuestra posición social y por las relaciones de poder en las que estamos insertos.

Por eso la emancipación requiere también una conciencia de clase. Se trata de comprender las relaciones sociales, económicas y políticas que estructuran nuestras sociedades y reconocer los intereses que atraviesan esas relaciones.

Pero requiere también una conciencia americana, una conciencia de pertenecer a una historia común de Nuestra América.

No se trata de sustituir una conciencia por otra. Se trata de comprender su relación. La conciencia de clase permite reconocer las relaciones de explotación y dominación dentro de nuestras sociedades; la conciencia de Nuestra América permite reconocer las relaciones históricas de dependencia que atraviesan nuestros pueblos y nuestra posición en el mundo.

La dominación no funciona solamente porque alguien domina desde afuera. También funciona cuando el dominado termina mirando su propia realidad con los ojos del dominador.

Por eso la emancipación debe ser también intelectual, política y cultural.

 

Una mirada colonial sobre nosotros mismos

El eurocentrismo puede aparecer incluso en cuestiones aparentemente pequeñas.

Durante nuestras discusiones surgió la imagen de Cristo representado como un hombre rubio, de ojos celestes. No se trata simplemente de discutir una representación artística. El ejemplo permite observar cómo el lenguaje del dominador puede convertirse también en el lenguaje mediante el cual representamos lo sagrado, lo humano y lo universal.

Los símbolos no son neutrales. Las imágenes mediante las cuales representamos a Dios, a los héroes, a los pueblos, a la belleza, a la justicia o a la civilización también transmiten una determinada concepción del mundo.

La conquista no significó únicamente el dominio territorial. También implicó la desvalorización de culturas, lenguas, conocimientos, formas de organización y maneras de relacionarse con el mundo.

Esa dominación cultural puede reproducirse a través de la religión, pero también mediante el arte, la literatura, las esculturas, las pinturas, el cine y los medios de comunicación. Las imágenes que consumimos y producimos contribuyen a formar nuestra percepción de nosotros mismos y de los otros.

Por eso también allí existe una disputa política.

El problema del reconocimiento continúa siendo actual.

Pensar desde Nuestra América implica recuperar esas voces y esos saberes, pero sin convertirlos en una pieza de museo ni idealizar un pasado perdido. Significa reconocerlos como parte viva de nuestra realidad y como elementos capaces de intervenir en la construcción de nuestro futuro.

En este sentido, la noción de Abya Yala puede ayudarnos a ampliar nuestra mirada. Nos recuerda que la historia de este continente no comenzó con la llegada de Europa. Antes de la conquista existían pueblos, territorios, conocimientos y formas de organización que fueron violentamente subordinados.

Reconocer esto modifica incluso nuestra manera de contar nuestra propia historia.

 

Comunidad y sujeto sentipensante

Otra cuestión que apareció en nuestras discusiones fue la necesidad de pensar la comunidad.

La comunidad no debe ser entendida como negación de la individualidad. Significa reconocer que los seres humanos no existen aislados, sino que desarrollan sus vidas dentro de relaciones históricas, culturales y políticas.

Nuestra América puede pensarse desde una concepción comunitaria que cuestione el individualismo extremo y la idea de que la sociedad no es más que una suma de individuos.

En este punto adquiere sentido otra expresión surgida en el encuentro: la necesidad de ser sujetos sentipensantes.

No queremos abandonar la razón. Queremos superar una concepción del sujeto que reduce la racionalidad a una capacidad abstracta, separada de los cuerpos, de los afectos, de la memoria y de la historia.

Pensar también es sentir. Sentir también puede ser una forma de conocimiento.

Somos sujetos que pensamos desde nuestras experiencias, nuestros territorios, nuestras historias y nuestras comunidades. La política no puede construirse solamente desde conceptos abstractos. Necesita también memoria, identidad, sensibilidad y voluntad.

Pero esto tampoco significa oponer pensamiento y acción. La formación política debe recuperar la relación dialéctica y necesaria entre teoría y praxis.

La teoría sin praxis corre el riesgo de convertirse en contemplación abstracta. La praxis sin teoría puede quedar reducida a una acción inmediata incapaz de comprender las relaciones históricas en las que interviene.

Pensar y actuar se necesitan mutuamente.

La teoría permite comprender la realidad para transformarla; la praxis transforma la realidad y, al mismo tiempo, pone a prueba, modifica y profundiza nuestras categorías de pensamiento.

Por eso queremos ser sujetos sentipensantes: sujetos capaces de pensar, sentir y actuar sobre nuestra realidad.

 

Pensar el futuro

Pensar desde Nuestra América no significa únicamente revisar el pasado. Significa, sobre todo, recuperar la capacidad de imaginar un futuro.

Una de las dificultades de los pueblos subordinados consiste precisamente en que muchas veces terminan creyendo que el futuro ya está decidido por otros.

Nos dicen qué modelo económico es posible. Qué sociedad es moderna. Qué instituciones debemos tener. Qué recursos podemos utilizar. Qué políticas son “realistas”. Qué países debemos imitar.

Frente a eso, pensar desde Nuestra América significa recuperar la posibilidad de decir: podemos construir otro camino.

No sabemos de antemano cuál será ese camino. Y justamente por eso debemos inventarlo.

“O inventamos o erramos” no es una invitación a improvisar. Es una convocatoria a asumir la responsabilidad histórica de pensar y actuar desde nuestra propia realidad.

Inventar significa también recuperar nuestra condición de sujetos.

 

Hacia una unidad de Nuestra América

La unidad de Nuestra América no puede reducirse a una cuestión diplomática ni a una celebración ocasional de nuestra identidad común.

Es una tarea política.

Como planteaba Perón en Latinoamérica, ahora o nunca, la cuestión continental debe ser pensada en términos de soberanía, integración y capacidad de los pueblos para construir un destino propio. La fragmentación política y económica constituye una condición que favorece la dependencia, mientras que la unidad abre la posibilidad de construir mayores márgenes de autonomía.

Necesitamos construir una conciencia americana capaz de comprender que nuestros problemas no terminan en nuestras fronteras nacionales y que muchas de nuestras posibilidades tampoco pueden desarrollarse exclusivamente dentro de ellas.

Ser nacionalista en Nuestra América no debería significar levantar una nación contra las otras. Significa defender la soberanía nacional comprendiendo que nuestras soberanías se fortalecen cuando somos capaces de construir una soberanía de Nuestra América.

Nuestra América no tiene que ser una nación única para constituirse en una comunidad política capaz de defender sus intereses.

Tenemos que aprender a reconocernos.

Tenemos que dejar de pensarnos como países aislados y comenzar a comprendernos como parte de una historia común.

Tenemos que dejar de mirarnos con los ojos de quienes nos subordinan.

Tenemos que recuperar la confianza en nuestra capacidad de pensar.

Tenemos que defender nuestros territorios y nuestros recursos.

Tenemos que reconocer a nuestros pueblos originarios.

Tenemos que construir proyectos de futuro.

Tenemos que disputar también el lenguaje, los símbolos y las imágenes mediante los cuales nos representamos.

Tenemos que construir una cultura propia sin encerrarnos en nosotros mismos.

Tenemos que articular teoría y praxis.

Tenemos que volver a pensar desde aquí.

Porque si otros piensan por nosotros, otros decidirán por nosotros.

Y si queremos ser verdaderamente libres, tenemos que recuperar aquello que toda dominación intenta arrebatarnos primero: la capacidad de imaginar y construir nuestro propio futuro.

Inventar o errar.

Pensar desde Nuestra América.

Construir la unidad.

Defender nuestra soberanía.

 


domingo, 27 de septiembre de 2026

PALESTINA: NOMBRAR EL GENOCIDIO

 

 Edgardo Pablo Bergna

     Desde Caos y Tiempo y En Vísperas del Sentido decidimos considerar lo que ocurre en Gaza como genocidio.

     No confundimos al pueblo de Israel con las decisiones de su gobierno, ni el judaísmo con las políticas del Estado de Israel. Pero tampoco creemos que las palabras deban convertirse en refugio frente a la realidad.

     Para nosotros, esto también pone en juego los ámbitos de sentido.

     Un ámbito en el que la vida humana, la dignidad y los derechos de los pueblos se piensan desde una justicia distributiva y social; y otro que pretende reducir la justicia a relaciones conmutativas, como si las vidas, los territorios y los derechos pudieran inscribirse simplemente en una lógica de equivalencias.

     Hay contradicciones que pueden encontrar una superación dialéctica. Pero no toda contradicción la permite.

     Cuando la vida de un pueblo queda sometida a la destrucción, el hambre, el desplazamiento y la muerte de civiles, nuestro ámbito de sentido se enfrenta a un límite que no estamos dispuestos a atravesar: la dignidad humana.

  • Por eso nombramos.
  • Por eso recordamos.

  • Por eso seguimos pensando.

Porque la Memoria, la Verdad y la Justicia no pueden mancillarse

Resumiendo:

Hay posiciones contradictorias que un ámbito de sentido puede contener, confrontar y superar.
Pero hay un límite: la dignidad humana.
Desde nuestro ámbito de sentido, la justicia es distributiva y social.
Y ninguna justicia conmutativa puede convertir una vida humana en una mercancía intercambiable.
Pensar es resistir. O como dice Indio: "En la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida"

viernes, 25 de septiembre de 2026

Cuando la Justicia decide mirar al niño. Del Estado penal al social

Edgardo Pablo Bergna

     Hay momentos en que una sociedad tiene que detenerse. No porque el delito haya desaparecido. No porque la violencia no exista.
Sino porque, precisamente cuando el miedo y la indignación ocupan toda la escena, es cuando más necesario resulta preguntarnos qué entendemos por justicia.

     En Buenos Aires (CABA) asistimos desde hace tiempo a una política de "recuperación del espacio público" que tiene, entre sus objetivos declarados, desalojar vendedores ambulantes y manteros de calles y veredas. Para el Gobierno porteño, se trata de orden, seguridad y defensa del espacio público.

Pero podemos formular otra pregunta:

    ¿Qué ocurre cuando el orden comienza a confundirse con la expulsión de quienes sobreviven en los bordes?

    Y esa pregunta adquiere una dimensión todavía más profunda cuando hablamos de niños, niñas y adolescentes. Hace pocos días, la jueza porteña Laura Beatriz De Marinis tomó una decisión que provocó una fuerte reacción política.

Pero conviene precisar exactamente qué hizo:

    La jueza no declaró inconstitucional toda la nueva Ley de Régimen Penal Juvenil. Declaró inconstitucional, para el caso concreto que tenía ante sí, la aplicación de su artículo 1°, que establece la responsabilidad penal a partir de los 14 años.

    Se trataba de un adolescente de 14 años acusado de una tentativa de robo que no llegó a consumarse. (En en grado de tentativa)

   Y aquí aparece, para nosotros, lo verdaderamente importante. La magistrada no miró solamente el hecho. Miró también al adolescente. Su situación personal. Su historia. Su condición de vulnerado. Y entendió que aplicar en ese caso concreto una respuesta penal resultaba incompatible con el sistema de protección de derechos de niños, niñas y adolescentes. Esto no significa negar el delito ni significa afirmar que un adolescente no deba asumir responsabilidad por sus actos.

    Significa algo diferente: Significa preguntarnos qué clase de responsabilidad queremos construir. Porque una cosa es administrar justicia y otra, muy diferente, es administrar castigo. Una sociedad puede mirar a un adolescente y ver, antes que nada, un potencial delincuente, pero también puede mirar al mismo adolescente y preguntarse qué historia hay detrás de ese cuerpo de catorce años. Qué escuela (le) abandonó, qué familia le sostuvo —o no pudo sostenerlo—, Qué oportunidades tuvo, qué vínculos perdió. Qué mundo encontró cuando empezó a descubrir el suyo.

    Y es aquí donde este caso nos conduce a una discusión más profunda,  Porque quizá no estamos simplemente frente a dos opiniones diferentes acerca de qué hacer con un adolescente. Quizás estamos frente a dos ámbitos de sentido diferentes desde los cuales se comprende la Justicia.

     Por un lado, un ámbito que coloca en primer plano la responsabilidad individual, la propiedad, el intercambio y la reparación del daño producido entre individuos. Es el horizonte de lo que podemos llamar Justicia conmutativa, históricamente asociado a una concepción liberal del orden social. Desde ese ámbito de sentido, frente a una infracción, la pregunta fundamental tiende a ser: ¿Quién hizo qué y cuál debe ser la consecuencia de ese acto?

    Pero existe otro ámbito de sentido. (Del cual participamos) Uno que no comienza solamente por el acto individual, sino por las condiciones sociales que hacen posible —o limitan— la vida de cada individuo. Es el ámbito de la Justicia distributiva o Justicia Social. Y allí la pregunta cambia: ¿Qué sociedad produjo las condiciones en las que ese acto pudo ocurrir? No se trata de negar una pregunta para afirmar la otra. Se trata de comprender que no significan lo mismo. Y aquí aparece, entonces, la tensión histórica entre derechas e izquierdas. No como etiquetas partidarias, sino como dos grandes tradiciones políticas que han construido distintos ámbitos de sentido alrededor de la idea de justicia.

    La tradición liberal (liberalismo) pone el acento en la libertad individual, la responsabilidad, la propiedad y la igualdad ante la ley.

    La tradición social (socialismo) pone el acento en las condiciones materiales de existencia, la igualdad sustantiva, la solidaridad y la responsabilidad colectiva.

Son ámbitos de sentido contradictorios no dialécticos (insuperables)

    Y cuando la contradicción es verdaderamente profunda, no alcanza con decir que uno tiene simplemente “otra opinión”.    Porque cada uno está respondiendo a una pregunta diferente sobre qué significa hacer justicia.

    Tal vez por eso el caso de esta jueza resulte tan significativo. Porque frente a la demanda de castigo, ella parece haber introducido otra pregunta: ¿Qué significa hacer justicia cuando quien está delante nuestro tiene catorce años y sus derechos vulnerados? No respondió solamente desde el expediente. Miró a la persona.

    Y allí aparece algo que, desde nuestro ámbito de sentido, resulta fundamental: la Justicia Social no puede reducirse a repartir bienes. También consiste en impedir que las condiciones sociales de desigualdad determinen anticipadamente el destino de una persona.

    Cuando la respuesta del Estado frente a la vulnerabilidad es exclusivamente punitiva, la justicia corre el riesgo de convertirse en una máquina que reproduce aquello que pretende corregir.

   Por eso la discusión sobre esta jueza no debería reducirse a si estamos “a favor” o “en contra” de un fallo. La cuestión es más profunda: ¿Qué ámbito de sentido queremos poner en juego cuando hablamos de Justicia? ¿Uno que comienza por el individuo aislado y por la consecuencia de su acto? ¿O uno que, sin desconocer la responsabilidad individual, comienza también por preguntarse por las condiciones sociales que hicieron posible ese acto?

    Quizás la verdadera cuestión sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil: ¿Qué hacemos con aquellos que nuestra propia sociedad mancilló? Porque si la única respuesta que sabemos ofrecer es la cárcel, entonces tal vez no estemos resolviendo el problema. Tal vez simplemente estamos llegando tarde.

    Y una justicia verdaderamente humana, (humanista) debería preguntarse, antes de castigar: ¿Qué tipo de sociedad construimos para que ese niño llegara hasta aquí? Porque hacer justicia no debería consistir solamente en determinar qué hizo alguien. También debería significar preguntarnos qué sociedad estamos construyendo cuando decidimos qué hacer con él.

 En “En vísperas del sentido”, esa pregunta permanece abierta. 

Escuchar 

https://open.spotify.com/episode/7mKefHgiAXZ9BubpzDAtjc?si=cla_AKUhTFuBX-K9oaASMA


martes, 22 de septiembre de 2026

La Antigua

 Maximiliano Basilio Cladakis 


Los años habían transcurrido, bestiales, contra ella. No era vieja, era antigua. Habitaba en medio del bosque, rodeada de árboles que conocían su nombre aunque hacía tanto tiempo que nadie lo pronunciaba que incluso ella comenzaba a olvidarlo. Las mañanas y las tardes transcurrían entre el trabajo y el silencio, y durante las noches escuchaba las voces de los muertos. A veces eran apenas murmullos que llegaban desde lo profundo del bosque, otras veces podía reconocerlas con absoluta claridad.  La voz de su padre, la de sus hermanos, la de su esposo, la de sus hijos. Había sido joven alguna vez, había sido bella, había sido hija, hermana, esposa y madre; había conocido las fiestas de su pueblo, sus canciones, sus ceremonias, los nacimientos y los funerales, y había aprendido de los ancianos los nombres de las plantas, los caminos ocultos del bosque, las historias de los antepasados y las palabras que debían pronunciarse antes de entrar al río. Pero ellos habían llegado.

Los conquistadores blancos habían aparecido desde el otro lado del bosque con sus armas, sus animales y sus cruces. Primero fueron pocos, después fueron muchos. Ella recordaba el fuego, las casas ardiendo, los cuerpos tendidos en la tierra y el olor de la carne quemada. Recordaba a su madre tomándola de la mano y diciéndole que corriera. Ella no quería hacerlo; quería quedarse, morir junto a los suyos, pero su madre la obligó a escapar porque el legado de su pueblo no podía desaparecer con los muertos. Durante días caminó sin detenerse, comiendo raíces, bebiendo de los arroyos y durmiendo bajo los árboles, hasta que encontró un lugar donde nadie la buscó. Allí permaneció durante décadas, quizás durante un siglo, mientras el mundo de su infancia se convertía poco a poco en una historia que solamente ella podía recordar.

 

 

 

Una tarde escuchó el llanto de una niña. Al principio creyó que era un animal herido, pero volvió a escucharla y comprendió que era una voz humana. Se internó entre los árboles y encontró a dos niños. Una niña de unos seis años y un muchacho más pequeño deambulaban por el bosque. Ambos eran rubios, más blancos que la más blanca de las nubes, llevaban unos vestidos también claros pero que estaban sucios y rotos. Lloraban y pedían ayuda. Comprendió que estaban perdidos. Se quedó inmóvil observándolos y sintió que, dentro de sí, se levantaba una furia que creía extinta. Podía matarlos. Podía terminar allí mismo con aquello que pertenecía al mundo de los hombres que habían destruido a los suyos. También podía dejarlos abandonados y permitir que el bosque hiciera lo que tantas veces había hecho con los hombres perdidos. Durante un instante tuvo ambos impulsos, y finalmente optó por el segundo. Se marchó a su morada. “Que el bosque se encargué de ellos”.

Sin embargo, pasaron las horas y llegó la noche. Continuaba escuchando los gritos de los niños. La furia fue perdiendo su vigor y dio paso a un sentimiento distinto, quizá opuesto. A pesar de  sí, la compasión fue abriéndose camino sobre su alma. Odiaba a los blancos, pero ese odio… ¿no la volvía igual ellos? Eran blancos, pero también eran niños perdidos en un bosque que podía asesinarlos de mil maneras distintas. Ella era el legado de su pueblo. Un pueblo al que los conquistadores habían exterminado, pero también mantener vivo ese legado significaba continuar sus tradiciones y valores. Dejar morir a inocentes era romper una de las leyes de sus dioses, de su familia, de su comunidad.

Salió de su morada en medio de la noche. Siguió las voces de los niños. No fue difícil encontrarlos. Los vio entre los arboles llorando y tiritando de frio. Su voz sonó como parte misma del bosque. “Vengan”. Los niños al principio tuvieron miedo, la mayor se puso delante del más chico. “Pueden morir aquí o venir conmigo”. Los niños se miraron y finalmente fueron hacia esa antigua mujer tan distinta a ellos.

Los llevo a su casa en silencio. La noche era oscura, fría, sepulcral. Los niños entraron a esa especie de cueva que no podía decirse si estaba por debajo o por encima de la tierra. Ella les dijo que se calentaran al lado del fuego. Tomó un caldero y comenzó a cocinarles un guiso de hierbas, papas, legumbres y liebre. Durante aquella primera noche los niños apenas hablaron. El menor se quedó dormido junto al fuego antes de terminar el guiso, mientras la niña permanecía despierta, observando a la mujer que se movía lentamente por aquella extraña morada.

A la mañana siguiente les dio ropa limpia. Eran prendas que había conservado durante décadas, confeccionadas por ella misma cuando todavía existían otros como ella. Las había guardado en un viejo cofre junto a semillas, instrumentos de piedra y pequeños objetos que habían pertenecido a sus muertos. Al ver a los niños vestidos con aquellas ropas sintió algo extraño, una mezcla de tristeza y consuelo que no pudo explicar. Les quedaron grandes, pero estaban limpias y calientes. El muchacho se miró las mangas y comenzó a reír, y aquella risa infantil, tan extraña dentro de su casa, produjo en la antigua una sensación que creía olvidada.

Los niños le contaron que se habían perdido en el bosque. Dijeron que caminaban con sus padres y que en algún momento se habían alejado del grupo. Después habían seguido andando, cada vez más lejos, hasta que ya no supieron encontrar el camino de regreso. La antigua les preguntó dónde estaba su pueblo y la niña señaló vagamente hacia el oeste.

 

 

 

Los días comenzaron a parecerse unos a otros. Por las mañanas recogían leña y buscaban alimentos. La antigua les enseñaba qué frutos podían comer y cuáles podían matar a un hombre en pocas horas, cómo distinguir las huellas de los animales y cómo saber si el agua de un arroyo era segura. La niña aprendía rápidamente y observaba todo con una atención que a la mujer le resultaba sorprendente; el muchacho, en cambio, era inquieto y se distraía con cualquier cosa. Una tarde encontró entre las raíces de un árbol una piedra tallada y se la llevó. La antigua la reconoció inmediatamente. Había pertenecido a uno de los hombres de su pueblo y probablemente había pasado de mano en mano durante generaciones antes de terminar allí. El niño le preguntó qué era y ella respondió que era algo de su pueblo. Entonces él le preguntó dónde estaba ese pueblo. La antigua miró hacia los árboles y dijo que estaba allí. El niño no comprendió, y ella tampoco intentó explicárselo.

Poco a poco comenzó a hablarles de su mundo. Les contó historias que había aprendido de su madre, relatos sobre los espíritus del río, sobre los animales que protegían determinados lugares y sobre los hombres que habían vivido allí antes de que llegaran los extranjeros. No les habló de la matanza. Esa parte de su memoria permanecía cerrada, demasiado profunda incluso para ella. Por las noches los niños se sentaban junto al fuego y escuchaban sus relatos.

Una mañana llevó a la niña hasta el río. Caminaron durante largo tiempo entre los árboles y cuando llegaron al agua la antigua se detuvo. Le enseñó las palabras que debían pronunciarse antes de entrar y la niña las repitió con cuidado. La mujer escuchó aquella voz infantil pronunciando las palabras de sus antepasados y cerró los ojos. Hacía muchos años que nadie las pronunciaba. Por un instante creyó escuchar a su madre, como si estuviera detrás de ella, y también creyó escuchar las voces de todos aquellos que habían muerto. Pero esta vez no eran voces de dolor ni de reproche. Era un murmullo tranquilo, casi como si los muertos aceptaran finalmente que aquello que habían confiado a sus descendientes todavía podía sobrevivir.

 

 

 

Así transcurrieron algunos días más, y la antigua comenzó a recuperar una felicidad que ya no esperaba conocer. No era una felicidad completa, porque el pasado seguía allí, oculto en cada rincón del bosque y en cada una de las voces que escuchaba durante las noches, pero había encontrado una tarea. Podía enseñar. Podía transmitir. Podía entregar a alguien aquello que había recibido de los muertos. Y aunque los niños pertenecieran al pueblo de quienes habían destruido al suyo, algo en ella había decidido que aquello no importaba. Había comprendido que el legado de su pueblo no consistía solamente en recordar a los muertos, sino también en conservar aquello que ellos habían considerado digno de ser conservado; el cuidado de los débiles, la hospitalidad hacia el perdido, el respeto por la vida y la obligación de ayudar a quien se encuentra a merced del bosque.

 

 

 

Una mañana el niño desapareció. Al principio la antigua creyó que estaría jugando cerca de la casa. Lo llamó varias veces y esperó escuchar su risa, pero solamente respondió el viento entre las ramas. Buscó junto al arroyo, detrás de los árboles y en los senderos que conocía desde hacía tantos años. La niña la siguió durante toda la búsqueda, cada vez más asustada. Cuando cayó la noche encendieron antorchas y continuaron buscando. La antigua conocía el bosque mejor que cualquier ser humano vivo y podía reconocer una huella entre cientos, pero no encontró nada. Al amanecer regresaron a la casa sin haber dormido.

Durante los días siguientes la búsqueda continuó. La antigua recorrió lugares en los que jamás había vuelto a entrar desde su juventud y llegó incluso hasta los límites del territorio donde había vivido escondida durante décadas. La niña apenas hablaba. Por las noches se sentaban frente al fuego y escuchaban los sonidos del bosque. La antigua comenzó a pensar que quizás el bosque se había llevado al niño. Aquella posibilidad le resultaba insoportable. Por primera vez desde hacía muchos años volvió a invocar al espíritu que, según las enseñanzas de su madre, habitaba en lo profundo de aquellas tierras. Se arrodilló sobre la tierra, apoyó las manos en el suelo y pronunció las palabras antiguas. Le pidió que le mostrara dónde estaba el niño, que le permitiera encontrarlo. Esperó durante largo rato, pero no vio nada. El espíritu permaneció en silencio.

 

 

 

Una mañana, cuando el sol comenzaba a elevarse entre los árboles, escucharon voces a lo lejos. Primero fueron apenas un murmullo, después pudieron distinguirse palabras y finalmente llegó hasta ellas el sonido de los caballos y el metal de las armas. La antigua salió de la casa y permaneció inmóvil. Entre los árboles apareció el niño. Estaba sano. Caminaba de la mano de un hombre y detrás de él había otros hombres armados.

Durante un instante la antigua solamente pudo ver al niño. Toda la angustia de aquellos días pareció desaparecer de golpe. Había vuelto. Pensó que aquellos debían ser sus padres y que finalmente todo había terminado. Incluso sintió alegría. El niño la vio y señaló hacia ella. Gritó que aquella mujer lo había salvado, que lo había alimentado y cuidado. La antigua esperó entonces que los hombres se acercaran, que comprendieran lo ocurrido y que le agradecieran haber protegido al muchacho. Esperó alguna palabra de gratitud, algún gesto que demostrara que todavía existía entre ellos algo semejante al reconocimiento. Pero los hombres no dijeron nada.

Uno de ellos observó la casa. Otro miró las ropas de los niños.. Fue entonces cuando la antigua comprendió que no habían venido solamente por el niño. La niña tomó su mano y ella sintió cómo los dedos de la pequeña temblaban.

Uno de los soldados levantó el arma. La antigua miró al niño. Él lloraba y gritaba que no le hicieran daño, que ella lo había salvado. Pero nadie respondió. La mujer comprendió entonces que la violencia de aquellos hombres no había cambiado en todos los años transcurridos desde la destrucción de su pueblo. Habían llegado con armas y cruces cuando ella era joven y ahora regresaban con otras armas, con otros hombres y con los mismos ojos.

 

 

 

Empujó a la niña detrás de ella. El disparo atravesó el silencio del bosque. La antigua cayó de rodillas, pero todavía permaneció consciente. Los soldados entraron en la casa y comenzaron a sacar sus pertenencias. Arrojaron al suelo las semillas, los instrumentos, las piedras talladas y los objetos que habían pertenecido a sus muertos. Después comenzaron a prender fuego a la vivienda. El humo cubrió lentamente el interior y las llamas comenzaron a trepar por las paredes. La antigua escuchó entonces las voces.

Durante décadas había escuchado a los muertos hablar desde el bosque y ahora, mientras el fuego se acercaba, aquellas voces parecían más claras que nunca. Por un instante creyó que venían a buscarla. Pero entonces escuchó otra voz, una voz pequeña y viva. Era la niña, que lloraba mientras uno de los soldados se la llevaba.

La antigua abrió los ojos y la vio alejarse. Quiso levantarse, pero ya no tenía fuerzas. Entonces la niña volvió la cabeza y sus miradas se encontraron. La antigua levantó una mano. No fue un gesto de despedida. Fue el mismo gesto con el que había bendecido a sus hijos tantos años atrás, cuando todavía existía un pueblo al que podía llamar suyo.

Después las llamas cubrieron la casa.