Maximiliano Basilio
Cladakis
“Es imposible salir de
Hegel”. La frase se la escuché decir a un profesor hace muchos años. Hegeliano,
obviamente. Y tenía razón. Aun cuando quien escribe estas líneas suele
definirse filosóficamente como sartreano y marxista, el filósofo de Stuttgart
siempre aparece. La dialéctica, el movimiento de lo negativo, el sentido
relacional de la realidad, la superación del entendimiento formal y de la
fragmentación hacia un pensamiento de la totalidad, la comprensión de que
estamos tan involucrados en el mundo como el mundo está involucrado en
nosotros. Siempre Hegel. Se nos inmiscuye, hablamos desde él aunque no lo
sepamos. A menos que renunciemos a pensar y adhiramos acríticamente a un
pensamiento osificado donde las categorías son tan muertas como la realidad es
algo imposible de transformar.
Pero no es solo cuando
nos dedicamos a la teoría. Porque, en verdad, la teoría nunca es solo teoría.
Siempre todo se articula con todo —otra de las grandes enseñanzas hegelianas—.
Teoría, práctica, praxis, del pensamiento al mundo y del mundo al pensamiento,
el Espíritu —aquel concepto tan presente en el filósofo alemán como tan mal
comprendido— involucra y es la
totalidad. Otro término que, como dice el filósofo Fredric Jameson, no solo es
mal comprendido sino vituperado por el abandono nihilista tanto al pensar como
al actuar que es la posmodernidad.
Y, entonces, comienza
el tema de este escrito.
Con un amigo estábamos
estudiando la Filosofía del derecho.
Lo hacemos de manera metódica, un día a la semana, intercalando la lectura con
comentarios sobre la política actual, sobre el modo en que el capitalismo se
encuentra desde hace tres siglos arrasando el mundo, sobre la necesidad de la
militancia, sobre la necesidad de instituir un proyecto integral de sentido que
se contraponga de manera radical al régimen fundado en la propiedad privada y
que extiende la muerte a lo largo y ancho del planeta. Eran las semanas del
Mundial y habíamos discutido sobre el tema del patriotismo. Esa misma tarde,
casi kairológicamente, la cuestión se presentó en la obra que leíamos.
Es en el apartado sobre
el Estado. Lo sumamente complejo de Hegel se descubre en una simplicidad
contundente. Define al patriotismo como “la conciencia de que mi interés sustancial
y particular está contenido y guardado en el interés y el fin del Estado, (…)
que no es otro para mí y yo soy libre de esta conciencia” (Hegel, 1968, p.
219). Fascinante afirmación. Y tan necesaria como reveladora. Que esa sentencia
nos ayude a pensar, para comprender y (como exigía Marx) transformar nuestra
realidad.
En primer lugar, queda
claro que la afirmación de Hegel nos convoca a pensar en la diferencia, en la
oposición incluso, entre el patriotismo y el chauvinismo. El patriotismo es un
sentimiento, sin embargo, no se contrapone a la razón, sino que es la
conciencia subjetiva de la identidad de intereses entre yo como particular con el del Estado que expresa el interés común.
El patriotismo no es un modo para justificar la exclusión del otro, sino, por
el contrario, es lo que me relaciona con el otro y constituye la superación de
la “lucha a muerte” que supone el estadio de la sociedad civil —compréndase
esta, más allá de los tecnicismos, como “mercado”, “capitalismo”,
“individualismo”— en virtud de un “nosotros”.
Y en este punto habita,
además, una crítica contundente al
liberalismo. El Estado, pues, no es otro
frente a mí. Eso lo dice Hegel explícitamente. Mi existencia y mi libertad, en
su sentido más auténtico, se realizan en la finalidad del Estado. La libertad
no puede ser comprendida simplemente como ausencia de restricciones o como la
posibilidad de que cada individuo persiga aisladamente sus propios intereses. La
libertad negativa que propone el liberalismo es una abstracción vacía que opera
como un instrumento de legitimación del ordenamiento capitalista. La concepción
de un individuo abstracto, separado de la comunidad y anterior a las relaciones
sociales, termina desconociendo las condiciones concretas en las cuales la
libertad puede realizarse. La verdadera libertad exige la exigencia del Estado.
Es en ese sentido que el patriotismo se nos presenta como la
conciencia de que mi interés particular está contenido en un interés común. No
porque exista una identidad metafísica entre el individuo y la nación, sino
porque nuestras vidas están efectivamente vinculadas. En este sentido, el patriotismo
es una certeza política. No es solamente un sentimiento espontáneo ni una
identificación afectiva con determinados símbolos. Es la conciencia de formar
parte de un nosotros. No cualquier Estado, obviamente, no un Estado que es un
instrumento al servicio del capital (como se está reconfigurando en la
Argentina con este Gobierno). Hablamos (al igual que Hegel) de un Estado que
superé el egoísmo y la miseria moral, económica y cultural característica de la
sociedad civil en virtud de una existencia que se eleva desde su individualidad
abstracta a la riqueza de una comunidad, donde los sentidos vitales se expanden
y se reconfiguran en una mayor profundidad al tiempo que se instituye la
verdadera existencia ética.
Otra reflexión a la que
nos interpela la definición de Hegel. El
patriotismo no necesita apelar a un supuesto “ser nacional” metafísico, eterno
e inmutable. Es más, no debe hacerlo. No
existe una esencia argentina detrás de nuestra historia que determine de una
vez y para siempre quiénes somos. Existe una historia compartida, conflictos,
luchas, derrotas, conquistas, memorias, instituciones y proyectos. La patria es
una construcción histórica y, precisamente por eso, puede ser transformada. Es,
antes que nada, conciencia política: conciencia de pertenencia, de intereses
compartidos y de una historia común que no está cerrada. El patriotismo no
tiene nada que ver con máximas tan nefastas como ”yo, argentino”; frase empleada
durante la última dictadura cívico-militar argentina paraafirmar un supuesto
apoliticismo en tiempos de terrorismo de Estado. Tampoco es la búsqueda supuestamente
apolítica de un “hombre argentino”. El homo
argentum no existe. El patriotismo es absolutamente político. Y, en un país
latinoamericano, en Argentina, es (esto ya no lo dice Hegel pero es el núcleo
de este escrito) nacional, popular, progresista, de izquierdas. No hay otra
opción.
Al comienzo del texto,
quien escribe afirmó que, aun cuando se defina como sartreano y marxista, Hegel
siempre está presente. Tampoco es necesario para que se dé esta presencia, ser
un profesional de la filosofía (término y concepto nefastos y contradictorios) y
definirse en base a los autores que uno puede trabajar. De ahí la grandeza del
autor de la Fenomenología del espíritu.
Porque estas líneas son escritas por alguien que se define también como
kirchnerista, peronista, comunista y de izquierda, y el pensamiento de Hegel es
necesario no solo para escribir un paper académico
sino para algo mucho más importante: comprometernos con la transformación
política, económica y cultural.
Y desde esta perspectiva,
el patriotismo (en el sentido que lo
esbozamos en este escrito) es una convicción que debemos encarnar en nuestras
reflexiones, palabras y actos. Lo dijo el Che: Patria o muerte. También lo dijo
Cristina: la Patria es el Otro. Ser patriotas es comprometernos con una tarea
de transformación integral donde el bien común sea el polo que orienten todas
nuestras acciones.
Hegel, G.W.F. (1968), Filosofía del derecho, Buenos Aires: Claridad.