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martes, 18 de agosto de 2026

Patriotismo

Maximiliano Basilio Cladakis 


“Es imposible salir de Hegel”. La frase se la escuché decir a un profesor hace muchos años. Hegeliano, obviamente. Y tenía razón. Aun cuando quien escribe estas líneas suele definirse filosóficamente como sartreano y marxista, el filósofo de Stuttgart siempre aparece. La dialéctica, el movimiento de lo negativo, el sentido relacional de la realidad, la superación del entendimiento formal y de la fragmentación hacia un pensamiento de la totalidad, la comprensión de que estamos tan involucrados en el mundo como el mundo está involucrado en nosotros. Siempre Hegel. Se nos inmiscuye, hablamos desde él aunque no lo sepamos. A menos que renunciemos a pensar y adhiramos acríticamente a un pensamiento osificado donde las categorías son tan muertas como la realidad es algo imposible de transformar.

Pero no es solo cuando nos dedicamos a la teoría. Porque, en verdad, la teoría nunca es solo teoría. Siempre todo se articula con todo —otra de las grandes enseñanzas hegelianas—. Teoría, práctica, praxis, del pensamiento al mundo y del mundo al pensamiento, el Espíritu —aquel concepto tan presente en el filósofo alemán como tan mal comprendido— involucra y es la totalidad. Otro término que, como dice el filósofo Fredric Jameson, no solo es mal comprendido sino vituperado por el abandono nihilista tanto al pensar como al actuar que es la posmodernidad.

Y, entonces, comienza el tema de este escrito.

 

Con un amigo estábamos estudiando la Filosofía del derecho. Lo hacemos de manera metódica, un día a la semana, intercalando la lectura con comentarios sobre la política actual, sobre el modo en que el capitalismo se encuentra desde hace tres siglos arrasando el mundo, sobre la necesidad de la militancia, sobre la necesidad de instituir un proyecto integral de sentido que se contraponga de manera radical al régimen fundado en la propiedad privada y que extiende la muerte a lo largo y ancho del planeta. Eran las semanas del Mundial y habíamos discutido sobre el tema del patriotismo. Esa misma tarde, casi kairológicamente, la cuestión se presentó en la obra que leíamos.

 

Es en el apartado sobre el Estado. Lo sumamente complejo de Hegel se descubre en una simplicidad contundente. Define al patriotismo como “la conciencia de que mi interés sustancial y particular está contenido y guardado en el interés y el fin del Estado, (…) que no es otro para mí y yo soy libre de esta conciencia” (Hegel, 1968, p. 219). Fascinante afirmación. Y tan necesaria como reveladora. Que esa sentencia nos ayude a pensar, para comprender y (como exigía Marx) transformar nuestra realidad.

En primer lugar, queda claro que la afirmación de Hegel nos convoca a pensar en la diferencia, en la oposición incluso, entre el patriotismo y el chauvinismo. El patriotismo es un sentimiento, sin embargo, no se contrapone a la razón, sino que es la conciencia subjetiva de la identidad de intereses entre yo como particular con el del Estado que expresa el interés común. El patriotismo no es un modo para justificar la exclusión del otro, sino, por el contrario, es lo que me relaciona con el otro y constituye la superación de la “lucha a muerte” que supone el estadio de la sociedad civil —compréndase esta, más allá de los tecnicismos, como “mercado”, “capitalismo”, “individualismo”— en virtud de un “nosotros”.

Y en este punto habita, además,  una crítica contundente al liberalismo. El Estado, pues,  no es otro frente a mí. Eso lo dice Hegel explícitamente. Mi existencia y mi libertad, en su sentido más auténtico, se realizan en la finalidad del Estado. La libertad no puede ser comprendida simplemente como ausencia de restricciones o como la posibilidad de que cada individuo persiga aisladamente sus propios intereses. La libertad negativa que propone el liberalismo es una abstracción vacía que opera como un instrumento de legitimación del ordenamiento capitalista. La concepción de un individuo abstracto, separado de la comunidad y anterior a las relaciones sociales, termina desconociendo las condiciones concretas en las cuales la libertad puede realizarse. La verdadera libertad exige la exigencia del Estado.

 Es en ese sentido que  el patriotismo se nos presenta como la conciencia de que mi interés particular está contenido en un interés común. No porque exista una identidad metafísica entre el individuo y la nación, sino porque nuestras vidas están efectivamente vinculadas. En este sentido, el patriotismo es una certeza política. No es solamente un sentimiento espontáneo ni una identificación afectiva con determinados símbolos. Es la conciencia de formar parte de un nosotros. No cualquier Estado, obviamente, no un Estado que es un instrumento al servicio del capital (como se está reconfigurando en la Argentina con este Gobierno). Hablamos (al igual que Hegel) de un Estado que superé el egoísmo y la miseria moral, económica y cultural característica de la sociedad civil en virtud de una existencia que se eleva desde su individualidad abstracta a la riqueza de una comunidad, donde los sentidos vitales se expanden y se reconfiguran en una mayor profundidad al tiempo que se instituye la verdadera existencia ética.

Otra reflexión a la que nos interpela la definición de Hegel.  El patriotismo no necesita apelar a un supuesto “ser nacional” metafísico, eterno e inmutable. Es más, no debe hacerlo.  No existe una esencia argentina detrás de nuestra historia que determine de una vez y para siempre quiénes somos. Existe una historia compartida, conflictos, luchas, derrotas, conquistas, memorias, instituciones y proyectos. La patria es una construcción histórica y, precisamente por eso, puede ser transformada. Es, antes que nada, conciencia política: conciencia de pertenencia, de intereses compartidos y de una historia común que no está cerrada. El patriotismo no tiene nada que ver con máximas tan nefastas como ”yo, argentino”; frase empleada durante la última dictadura cívico-militar argentina paraafirmar un supuesto apoliticismo en tiempos de terrorismo de Estado. Tampoco es la búsqueda supuestamente apolítica de un “hombre argentino”. El homo argentum no existe. El patriotismo es absolutamente político. Y, en un país latinoamericano, en Argentina, es (esto ya no lo dice Hegel pero es el núcleo de este escrito) nacional, popular, progresista, de izquierdas. No hay otra opción.

 

Al comienzo del texto, quien escribe afirmó que, aun cuando se defina como sartreano y marxista, Hegel siempre está presente. Tampoco es necesario para que se dé esta presencia, ser un profesional de la filosofía (término y concepto nefastos y contradictorios) y definirse en base a los autores que uno puede trabajar. De ahí la grandeza del autor de la Fenomenología del espíritu. Porque estas líneas son escritas por alguien que se define también como kirchnerista, peronista, comunista y de izquierda, y el pensamiento de Hegel es necesario no solo para escribir un paper académico sino para algo mucho más importante: comprometernos con la transformación política, económica y cultural.

Y desde esta perspectiva, el patriotismo  (en el sentido que lo esbozamos en este escrito) es una convicción que debemos encarnar en nuestras reflexiones, palabras y actos. Lo dijo el Che: Patria o muerte. También lo dijo Cristina: la Patria es el Otro. Ser patriotas es comprometernos con una tarea de transformación integral donde el bien común sea el polo que orienten todas nuestras acciones.


Hegel, G.W.F. (1968), Filosofía del derecho, Buenos Aires: Claridad.


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