Maximiliano Basilio Cladakis
La noche es peligrosa. Martín lo sabía desde siempre. Sin embargo, en unos lugares era más peligrosa que en otros. Avenida Márquez, a esa altura, a la una de la mañana, no era el sitio más seguro del mundo. Por eso lanzó una maldición cuando el Audi frenó en seco.
Intentó hacerlo arrancar varias veces, pero no logró nada.
Salió del automóvil. A su derecha, casas bajas, precarias, de techos de chapa, se abrían entre sinuosos pasillos que parecían desplegarse hacia el infinito. A su izquierda, del otro lado, había un corralón de materiales, unos terrenos baldíos y algunos desguazaderos de autos.
Empujó el vehículo hasta la banquina de tierra. No se agitó en lo más mínimo. Era alguien fuerte. Demasiado fuerte para su contextura. Si alguien aparecía, no sería un problema. Pero si eran varios…
Miró hacia el cielo. Estaba nublado. El aire tenía esa densidad previa a la tormenta. No sentía frío.
Maldijo a Héctor, el mecánico. La revisión había sido hacía menos de dos meses. Supuestamente estaba todo bien.
Apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos un instante. Escuchaba. Un perro que ladraba a lo lejos, una chapa que vibraba, el zumbido eléctrico de un transformador. Percibía cada variación con nitidez.
Tomó el celular. No sabía qué hacer. Llamar al auxilio mecánico no tenía sentido. No a esa hora. No en ese lugar. No en esa situación.
Podría llamar a alguno de sus hermanos. A algún compañero. Vendrían sin preguntar demasiado. Pero su orgullo se lo prohibía.
Las prostitutas de los barrios bajos del conurbano eran su fetiche. Lo criticaban por eso. Decían que no tenía necesidad. Que era peligroso. Que era degradante. Él sonreía y cambiaba de tema.
Miró el reloj. El tiempo parecía avanzar con lentitud viscosa.
Había pasado media hora cuando escuchó risas y gritos. A unos doscientos metros, un grupo de jóvenes venía en su dirección.
Se incorporó apenas. La mandíbula tensa. No sentía miedo exactamente, sino una alerta automática, una disposición.
Los muchachos se acercaron hablando fuerte, riéndose, empujándose entre ellos. Uno miró el Audi con curiosidad. Otro lo observó a él apenas un segundo. Siguieron de largo.
Las voces se alejaron.
Martín permaneció inmóvil unos segundos más. Recién entonces soltó el aire. No sabía por qué había contenido la respiración. No la necesitaba.
Una gota cayó sobre el parabrisas. Después otra.
Y entonces lo vio.
Venía desde la zona del corralón. Caminaba con paso firme, sin apuro. Morocho, de unos cuarenta años, pelo largo. Una remera negra con el logo gastado de Hermética. Jeans oscuros. Una campera, también de de jean, con varios logos de bandas. Muñequeras de cuero y tachas. Borcegos de fábrica.
Martín lo observó acercarse sin moverse. Cuando el hombre estuvo a pocos metros, levantó la vista y lo miró directamente a los ojos.
—Se te quedó.
Martín asintió.
El hombre lo estudió en silencio. No miraba el vehículo. Lo miraba a él. Como si intentara confirmar algo.
—Linda hora para andar por acá.
Martín esbozó una sonrisa leve. Sus labios se tensaron dejando entrever un brillo blanco, afilado.
—Me gusta la noche.
El recién llegado inclinó la cabeza.
—Ya sé.
La lluvia comenzó a caer con más intensidad. El olor a tierra mojada ascendió desde la banquina.
El movimiento fue rápido. El hombre sacó de debajo de su campera una barra de hierro oxidado, afilada en la punta. La hundió en el pecho de Martín con una precisión casi quirúrgica.
Los ojos de Martín se abrieron más por sorpresa que por dolor. Intentó apartarse, pero la fuerza empezó a abandonarlo. Sintió algo que hacía años no sentía: debilidad, frío.
Cayó de rodillas. Luego hacia un costado. La lluvia empezó a diluir la sangre oscura que brotaba alrededor del hierro.
En pocos segundos, el cuerpo perdió volumen, como si se desinflara desde adentro. La piel se agrietó. Los rasgos se descompusieron en una mueca rígida. Después, nada, se convirtió en polvo. Solo quedó su ropa de primera marca mojándose bajo la lluvia.
Su asesino rodeó el vehículo y fue hasta el baúl.
Lo abrió.
Adentro, una mujer joven respiraba con dificultad. La blusa empapada en sangre. El cuello marcado por dos heridas pequeñas y prolijas. La piel pálida, los labios secos.
El hombre se inclinó.
—Tranquila —dijo en voz baja—. Ya pasó.
Ella apenas logró enfocar la mirada.
A lo lejos, un trueno atravesó el cielo.
La noche se volvió un poco menos peligrosa.

