Maximiliano Basilio Cladakis
La patria no es una
entidad metafísica ni una abstracción vacía. La patria somos
nosotros; es el pueblo organizado en una comunidad política. Hacer patria es hacer comunidad, instituir lo político, construir un
proyecto común capaz de articular una voluntad colectiva. Por eso,
la patria no se identifica ni con la tierra ni con las clases
dominantes . Como afirma Eva Perón en Mi mensaje, “la patria es el pueblo”.
En este sentido, la patria
remite a aquello que Antonio Gramsci denominaba lo nacional-popular;
es decir, la articulación histórica de las clases subalternas en
una voluntad común. La nación no aparece entonces como un dato
natural ni como una esencia eterna, sino como una tarea política. La patria es historia hecha y, al mismo tiempo, historia por hacer.
De ahí que toda
revolución auténtica deba ser reasumida, continuada y profundizada.
La patria nace con la irrupción revolucionaria de 1810 y permanece
abierta como proyecto inconcluso. La revolución no constituye un
momento clausurado del pasado, sino la reapertura permanente de la
comunidad frente a las fuerzas que buscan su subordinación. El
antagonismo entre patria y colonia no es accidental; revela el
sentido mismo de ambos términos. La colonia designa la disolución
de la capacidad colectiva de autodeterminación bajo fuerzas externas
—económicas, culturales o políticas—; mientras que la patria
nombra el movimiento contrario: la producción de una voluntad común
capaz de decidir sobre sí misma.
En este punto, la
dimensión política de la patria se enlaza con una dimensión ética.
Cuando Cristina Fernández de Kirchner afirma que “la patria es el
otro”, introduce una comprensión decisiva. La comunidad no se
funda, pues, en una sustancia previa, sino en la responsabilidad
frente al otro que nos interpela en su necesidad. Ese otro nos exige
y, a través de nuestras decisiones , determina quiénes somos. La
patria aparece así como un acontecimiento intersubjetivo e
histórico.
La parábola del buen
samaritano permite pensar esta dimensión con claridad. El prójimo
no es simplemente aquel que pertenece previamente a nuestra
comunidad; es aquel ante quien decidimos responder. Hacer patria
consiste entonces en hacernos prójimos unos de otros, reconfigurando
el espacio común a partir de una responsabilidad compartida. La
patria no es una esencia. Es una práctica política y ética de
construcción comunitaria.
Hoy las fuerzas
devastadores del colonialismo despliegan su poderío en pos de la
disolución de la Patria. La fragmentación social, la subordinación
económica y el individualismo intentan destruir los vínculos
comunitarios necesarios para la existencia de un pueblo. Hacer patria
implica entonces reconstruir esos lazos, reinscribir la vida común
allí donde el capitalismo contemporáneo produce aislamiento y
desintegración.
A pocos días de la
conmemoración del 25 de mayo, aconteció la inmensa movilización en
defensa de la Universidad Pública. La ciudanía se manifestó en un
horizonte común, en la defensa de uno de los grandes pilares de la
Argentina, se tejieron lazos solidarios donde cada uno se encontraba
con el otro participando en una misma historia, manifestándose en la
búsqueda del bien común. En esas plazas colmadas, se vislumbró la
Patria, se hizo presente, se reveló frente a los oscuros poderes
que anhelan su aniquilación.