Maximiliano
Basilio Cladakis
I
Cuando
la vio entre los pastizales del baldío, no sintió nada especial. Apenas le
llamó la atención. La bolita de vidrio se diferenciaba de las otras por su
negrura. No tenía esos papeles de colores que causaban fascinación a los niños.
Sin embargo, si se la miraba muy detenidamente, cada tanto podían notarse unos
destellos que fluctuaban del rojo al amarillo. No era más que eso.
-
¿Encontraste algo, Franco?- le pregunto Paolo, su compañero de aventuras.
Los
dos niños tenían ocho años. Por esas casualidades que algunos llaman destino,
ambos eran hijos únicos. Se conocían desde siempre; sus padres habían viajado
desde Italia en el mismo barco. Escapaban de la pobreza, de esa que asolaba a
Europa en el periodo de entreguerras. El hermano menor del padre de Franco era
un muchacho enfermizo, no había sobrevivido al viaje. Le pusieron su nombre
debido a él.
-Mirá-
le dijo a su amigo enseñándole la bolita.
Paolo
se la arrancó de la mano. Era lo que solía hacer. Algo normal que se da en la
pareja de amigos, siempre hay uno que se impone sobre el otro. Franco asumía
ese rol, no lo discutía. Su amigo tomaba las decisiones, a qué jugar, hacía
donde ir, de qué vecino burlarse. Lo que le molestaba era cuando él se volvía
el objeto de burla o de acoso. Una vez, hacía unas semanas atrás (que a esa
edad aparecen representados como años), le había bajado los pantalones, frente Carmen,
la niña que sabía le gustaba a su amigo. Franco, por primera vez, sintió odio,
además de temor y admiración, por Paolo.
- No es nada especial…Pero igual me la quedo.
Paolo
se dio la vuelta, dejando a Franco con una gran sensación de frustración. El
desprecio hacia lo que había encontrado se sumaba al hecho de que se lo
llevara.
-
Pero lo encontré yo…
-
Vamos a lo del viejo Hermetes a sacarle las mandarinas que tiene en el jardín..
-
La bolita es mía…
Paolo
lanzó una leve sonrisa. Caminó para salir del baldío. Hablaba de lo que harían
más tarde. Pero Franco seguía insistiendo con que le devolviera la bolita.
-
Dámela- le dijo mientras lo tomó del hombro izquierdo.
Sintió
que en ese momento, la bolita era el objeto más precioso del mundo.
-
¿Qué hacés pelotudo?- le dijo Paolo
Los
dos chicos comenzaron a pelear. Era la primera vez que Franco respondía. Paolo
era más alto y más pesado. Le dio un golpe en la cabeza, lo zamarreó, Franco le
esquivó un ataque. Una típica pelea de
niños. Pero hubo algo distinto…el desenlace.
Paolo
tropezó y cayó boca arriba. Su cabeza se dio contra una piedra. Franco se quedó
inmóvil algunos segundos. Miró el cuerpo de su amigo tendido entre los pastos. Luego
abrió lentamente la mano. La bolita seguía allí.
II
No
sería adecuado decir que la muerte de su amigo lo marcó. Sí lo hizo el deseo
por ese, en apariencia, insignificante objeto. Lo guardo, como si se tratase de
una reliquia. Lo escondía de sus padres. A diario, en soledad, lo sacaba del
escondite y lo miraba. Podía estar casi media hora haciéndolo. El amigo de su
padre quedó destrozado por la pérdida de su hijo. Después de eso, su tendencia
al alcohol se profundizó. Todos sabían
que golpeaba a su mujer desde siempre. Pero luego de la muerte de Paolo
empeoró. La mujer fue encontrada muerta una mañana. Tenía la cara destrozada.
El hombre nunca más volvió a ser visto
Franco
no se volvió un psicópata. Un asesinato en la niñez (voluntario o involuntario)
no convierte automáticamente a los hombres en asesinos seriales. Esos son
recursos baratos para series o películas de plataformas. En algún punto aprendió a pelear por lo suyo. Fue
creciendo como una persona extrovertida, inteligente, se volvió un niño mucho
más sociable en la escuela. A los pocos meses comenzó a notar que Carmen lo
miraba con una sonrisa que intuía se
trataba de cierta correspondencia con lo que él sentía.
.
Su padre prosperó en su taller de elásticos para camiones. Incluso, con el paso
del tiempo, compró un camión, luego dos, y así hasta tener una pequeña
flotilla. Eso le permitió enviar a su hijo menor a la secundaria. Incluso,
había logrado enviarlo a la Facultad de Derecho.
III
Sin
embargo, cuando estaba cursando el segundo año de la Carrera, el jefe de
familia falleció de un infarto. Como toda muerte, fue inesperada y cambio
drásticamente, la vida de su familia. El funeral apenas había culminado y el
duelo ni quiera había comenzado cuando tuvieron que comenzar a tomarse decisiones.
Hacía ya dos años que estaba de novio con Carmen. Incluso, estaban planeando su
boda. El mundo se detuvo. La boda se
pospuso, dejó los estudios y tomó la decisión, la única que le quedaba, la de
hacerse cargo de la empresa de transporte.
IV
Como
era de esperarse, hubo un tiempo de incertidumbre, de angustia. Fue un tiempo
largo, Franco ponía su empeño en que el negocio familiar prosperara. Pero era
complejo, había mucha competencia. Finalmente se casó con Carmen y a los tres
meses ya estaba embarazada. Tenía solo veintitrés años y demasiadas
responsabilidades. Un madre viuda, una mujer y, en unos meses, un hijo. Además
de la flota de camiones. En esa época,
solía discutir mucho con su mujer.
Una noche, mientras revisaba
unas facturas en la cocina, Carmen encontró la bolita dentro de una lata de
galletitas escondida detrás de unos platos.
— ¿Qué es esto?
Franco levantó la vista de inmediato.
—Nada. Dejala ahí.
Ella la sostuvo entre los
dedos. La observó a contraluz.
— ¿Todavía guardás esta
porquería?
Franco sintió un calor seco
subirle desde el pecho hasta la garganta.
—Te dije que la dejes.
Carmen soltó una risa cansada.
—Pareciera que vale oro.
Entonces ocurrió algo extraño.
Franco se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás. Le tomó la
muñeca con fuerza. Carmen dejó de sonreír. Los dos permanecieron inmóviles unos
segundos.
—No la toques nunca más —dijo
él.
La soltó enseguida.
Carmen retrocedió lentamente. Se acarició la muñeca. No parecía asustada,
parecía haber descubierto algo. Asintió
con la cabeza y se marcho a la habitación.
V
Los
años pasaron rápido. De a poco, la vida de Franco fue estabilizándose. Aprendió
a moverse en el mundo de los negocios, a lidiar con la competencia y con los
sindicatos, también a hacer contactos. La empresa familiar comenzó a crecer.
Tuvo tres hijos. Al último le puso Paolo. Su madre murió antes de conocer al
más pequeño de sus nietos.
Las
incertidumbres del pasado parecían ser tan solo un recuerdo. Sin embargo, fue
en los años setenta cuando Franco conoció realmente el éxito. El país cambió y
Franco intuía que se trataba de aprovechar ese cambio. Se le abría un mundo de
posibilidades, de él dependía tener el coraje y la astucia para golpear la
suerte a su favor.
Una
tarde, un coronel al que había conocido en una cena le consiguió un contrato
importante para transportar mercadería al norte.
—El
país necesita hombres serios —le dijo estrechándole la mano.
Franco
era un hombre serio. Siempre lo había sido. Había cosas que le jugaban a favor.
Nunca se había involucrado en política; no creía en las causas colectivas y
guardaba cierto rencor hacía los universitarios. Por el contrario, creía en el
trabajo, en el esfuerzo, en que cada hombre valía lo que sus acciones lo hacían
ser. Era perfecto para ese momento histórico.
Su
flotilla de camiones creció exponencialmente. No le interesaba qué llevaban ni
a donde lo hacían. Como dijimos, era un hombre serio, de negocios. Lo que daba
le era devuelto con creces.
Una
noche un sargento del Ejército fue a verlo y le pidió un favor de parte del
coronel. Estaban indagando sobre los vínculos de ciertos trabajadores de la
zona con la subversión. El suboficial le preguntó si podía investigar a los
empleados de su empresa. Franco le dijo:
-
Por supuesto, siempre que pueda voy a ayudar a la Patria.
Sin
embargo, cuando el militar se marchó sintió un nudo en el pecho. Como si algo
no estuviese del todo bien. Su hijo Paolo corrió hacia él y comenzó a hablarle
de un mono a pilas que había visto en la juguetería de la vuelta de su casa.
Franco
lo miró. El rostro de su hijo, por un segundo, se transfiguró en el del otro
Paolo. No respondió. Corrió a buscar la bolita. La miró durante quince minutos.
Al
día siguiente habló con alguno de sus empleados de mayor confianza. A las dos
semanas descubrieron que un chofer y alguien de administración tenían
participación en grupos políticos de izquierda.
Franco
llamó al coronel.
Unos
días después sus dos empleados habían desaparecido.
VI
Franco
se convirtió en uno de los empresarios de transporte más importantes del país.
Su fortuna creció hasta convertirse en un secreto real. Una cosa son las cifras
declaradas y otras las reales. Nadie conocía estas últimas. No sólo se dedicó
al transporte, diversifico sus negocios. Fondos de inversión, acciones en los
negocios agropecuarios, medios de comunicación. Se volvió un hombre
verdaderamente importante. Fiel a su convicción en contra de la política, nunca
se involucró directamente en esta pero sí extendió su influencia. Apoyaba y
financiaba a unos, les daba directivas (junto a otros empresarios), hacía
declaraciones altisonantes cuando algún funcionario planeaba alguna política
que atentase contra sus intereses.
Era
un hombre respetado por la sociedad. Era reconocido por su filantropía, hacía
donaciones tanto para el Rotary Club como
para el Club de Leones, siempre
colocándose por fuera de las rivalidades. Había gente ligada a él en las comisiones directivas de Boca
Juniors y de River Plate. Con todo, no solía exponerse. Había sido invitado
algunas veces a los Almuerzos de la diva.
Si bien asistió, se cuidaba de no desatar polémicas ni de abandonar su bajo
perfil.
Franco
se encargaba conscientemente de no cambiar, conocía la sentencia acerca de que
“el éxito cambia a las personas”. Pero su convicción más profunda radicaba en que las personas debían ser dueñas de su éxito
y no al revés. No perdería nada, no se perdería a sí mismo. A diferencia de
otros empresarios, nunca fue seducido por el desborde, ni drogas, ni mujeres,
ni excesos. Era una especie de asceta. Solo una vez tuvo un romance con una
conocida vedette durante los años
noventa. Las cosas casi se salen de control. La pasión había arrebatado a los dos amantes. Ella,
incluso, había comenzado a amenazarlo que, si no dejaba a Carmen, contaría todo
a los medios. Fue una época de confusión. Sin embargo, un miércoles a la noche
volvió al tesoro que había encontrada décadas atrás. Lo sostuvo entre sus
dedos, contemplaba el cambio de colores y, finalmente, tomó una decisión.
La
vedette apareció muerta por sobredosis. Hubo algunas investigaciones pero
ninguna la vinculó jamás con Franco.
VII
A
grandes rasgos el matrimonio tuvo una vida feliz. Más allá de momentos de dudas
y de incertidumbre, estuvieron más de
sesenta años juntos. Carmen fue la primera que enfermó. No fue, por fortuna,
una agonía pronunciada, no llegó a los seis meses. Murió una mañana de junio,
cerca del aniversario. Franco quedó devastado, pero también mantuvo su
dignidad. Tenía cosas por las que vivir. Sus negocios, sus hijos, sus nietos,
el recuerdo de la mujer de su vida.
No
volvió a formar pareja, salvo algunos romances muy ocasionales. Vivió ocho años
más que su esposa.
Cuando enfermó no tuvo miedo, había tenido la
vida por la que había actuado. Siempre supo que era un hombre al fin y al cabo.
Y no un dios. Antes de morir, movió la mano bajo su almohada y tomó la bolita. Los
recuerdos de un pasado remoto se mezclaban con escenas que su imaginación
creaba libremente. Había sentimientos encontrados: orgullo, amor, convicción y,
quizá, algo de culpa. Franco sabía que fue una vida que había sido vivida, ni
más ni menos que eso. Una vida, su vida, sus elecciones, sus proyectos, su
libertad.