Leandro Pena Voogt, Maximiliano Basilio Cladakis, Edgardo Pablo Bergna
Memoria, Verdad y Justicia: tres nombres de una misma praxis
En la
historia argentina de hoy, hay palabras que no se desempeñan como consignas
vacías ni como rito periódico, sino como componente semántico que da
significado. Memoria, Verdad y Justicia no son meras voces: son
prácticas, preguntas y modos de habitar el espacio-tiempo. En un presente
atravesado por políticas negacionistas y reconfiguraciones sobre el sentido de
la verdad y lo justo estas tres dimensiones siguen interpelando no como pasado clausurado, sino
como acción abierta.
Memoria: el pasado habita el presente
La memoria
no es un ejercicio nostálgico ni una simple evocación de lo ocurrido. No se
trata de recordar como quien observa algo lejano y cerrado, sino, de que el pasado sea presente en tanto condición
histórica de sentido. La memoria, entonces, es praxis: una acción que inscribe
el pasado en el presente y orienta el futuro.
Recordar es intervenir. Es impedir que el terror se naturalice, que el horror se banalice, que la historia se vuelva relato neutral. La memoria dinámica desestabiliza toda pretensión de clausura: insiste, incomoda, reaparece. No permite que la historia organice el espacio-tiempo como una línea progresiva y analítica que tome los crímenes como objeto de estudio, sino que los trae al presente como pregunta haciéndonos responsables.
Verdad: una tarea en acto
La verdad
no es un dato dado ni un archivo cerrado. Es una construcción histórica que
exige compromiso. Es praxis. No alcanza con que la verdad exista: es necesario
producirla, sostenerla, defenderla frente a cada intento de negación o
relativización.
En este
sentido, la verdad implica una ética: la de no ceder ante la mentira
organizada, la de no aceptar la simetría entre los oprimidos y los opresores.
La verdad es una tarea colectiva que se renueva en cada generación, porque
siempre hay fuerzas que buscan erosionarla.
Decir la
verdad es, entonces, un acto político. No como imposición dogmática, sino como
compromiso con lo real de lo sucedido, con los cuerpos desaparecidos, con las
voces silenciadas, con las huellas que persisten. Fueron 30.000 y un solo
demonio
Justicia: del reclamo al horizonte social
La
justicia, en su dimensión más inmediata, es la exigencia irrenunciable de
respuesta para cada uno de los asesinados, desaparecidos y familiares. Debe haber juicio
y castigo a los responsables de la dictadura cívico-militar en el marco de lo
que disponen las leyes, pero reducir la justicia a lo punitivo no es
insuficiente.
La justicia
es también praxis en un sentido más amplio: implica actuar permanentemente para
construir una sociedad más justa. Una justicia distributiva que haga efectiva
la justicia social por la que lucharon nuestros 30.000. No se trata solo de
sancionar el pasado, sino de transformar el presente y conducir el futuro.
En este
punto, la justicia deja de ser únicamente un reclamo para convertirse en un
horizonte político. Se encarna en las luchas por la igualdad, por la dignidad,
por la inclusión. Es el camino que va del horror a la construcción de una comunidad
organizada.

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