Maximiliano Basilio Cladakis
Este 24 de marzo se cumplen cincuenta años del inicio del Horror. No se trató de una tragedia. Cuando hablamos de tragedia nos referimos a una serie de acontecimientos entrelazados por fuerzas sobrehumanas. Los griegos hablarían de “destino”; hoy, quizás, muchos mencionarían el azar. Tampoco se trató de un dilema irresoluble donde dos fuerzas chocan respondiendo cada una a un modo de ley, como en el caso de Antígona, en la que la Ley Divina y la Ley Humana se presentan en una antinomia insuperable. No hubo tragedia. Hubo un plan sistemático de exterminio.
El Horror que se irguió, se yergue y se erguirá —porque el pasado nunca muere— como abismo en nuestra historia no tiene un carácter trágico. Esa es la verdad. El horror fue pensado, sistematizado; sus perpetradores fueron adiestrados por las grandes potencias del mundo capitalista en la Escuela de las Américas. No hubo destino, no hubo tampoco excesos. Se trató del orden racional de las cosas: el orden del capital y el orden del imperialismo.
Militares, embajadores de potencias extranjeras, círculos religiosos, empresarios, periodistas y economistas confluyeron en la programación y ejecución de un plan de aniquilamiento. Y ese plan no respondía a la “locura” sino a intereses concretos que buscaban realizarse en un proyecto de país. El neoliberalismo emergía como una nueva fase del capitalismo; por lo tanto, se debía modificar —o, como se diría hoy, “reperfilar”— la estructura económica, política y cultural de nuestra patria. Se planificó eliminar toda resistencia.
30.000 desaparecidos.
Ese fue el resultado.
Dijimos que no fue la “locura” lo que gestó el Horror. Cabe aclarar que, si tomamos el término “locura” en el sentido griego de manía, como un estar poseído por fuerzas sobrenaturales, no lo fue. Tampoco si comprendemos la locura a partir de la noción de psicosis. Sin embargo, podríamos arriesgar concebir a la razón capitalista como locura en tanto se trata de un tipo de racionalidad que se funda en un profundo irracionalismo. Max Weber hablaba del capitalismo como un sistema racional que calcula costo-beneficio. Georg Lukács, en cambio, advertía que esa racionalidad se funda en una profunda irracionalidad: se trata de una forma de enajenación que fragmenta la realidad, cosifica la existencia humana y subordina la vida a la lógica del capital.
Ahora bien, esa racionalidad no es un delirio caótico. Tiene sus teóricos, sus instituciones y sus experiencias históricas concretas. Milton Friedman participó en la orientación económica de la dictadura de Augusto Pinochet, mientras que Friedrich Hayek visitó la Argentina y formó parte del entramado intelectual que legitimó ese tipo de transformaciones. Fueron, entre otros, portadores de una concepción del mundo que hizo pensable y justificable el Horror. Nombres que académicos, funcionarios públicos y analistas nombran con una reverencia sacra.
En el Foro Económico Mundial de Davos, el Presidente Javier Milei afirmó que la propiedad privada y la actividad empresarial son los pilares morales de Occidente continuando las afirmaciones de los ideólogos del neoliberalismo y aniquilando toda otra posibilidad de comprender el mundo.
Esa es la racionalidad irracional.
No una locura en sentido clínico, sino una forma
sistemática de organizar la sociedad que no se detiene frente a
nada. Una racionalidad que, en nombre del cálculo, la eficiencia y la maximización de ganancias, no tiene reparos en producir desaparición,
muerte y destrucción.
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