Maximiliano Basilio Cladakis
Al principio era solo una imagen.
Nadie supo de dónde salió. No tenía firma ni origen rastreable. Apareció, simplemente, en los lugares donde suelen aparecer estas cosas: grupos, foros, cadenas de mensajes.
Era borrosa, pero no del todo.
Una figura humana —o casi— sentada, con los rasgos apenas desplazados. Los ojos un poco fuera de lugar. La boca insinuando una sonrisa que no terminaba de formarse.
Debajo, una frase:
“la gente en coma es un gasto”
Nada más.
Así apareció en
Argentina.
Lo hizo en simultáneo con el resto del mundo.
Sin embargo, las reacciones fueron distintas.
En unos países, no tuvo
efecto.
Como si sus culturas no fueran tan permeables.
En otros, se la prohibió, no por censura sino por protección.
China, Rusia, Medio
Oriente, algunos países de América Latina y de África no sufrieron
su influencia.
Al menos no tanto como el llamado “Mundo Libre”.
Nuestra primera reacción fue la risa.
No una risa abierta, sino breve, defensiva. Como si el cuerpo respondiera antes de que el pensamiento alcanzara a organizarse.
Se compartió así.
Como humor negro.
Como
provocación.
Como algo que no debía tomarse en serio.
También surgió la burla a las naciones donde no circulaba o donde no causaba gracia.
Fanatismo, decían
unos.
Dictaduras, decían otros.
Nos jactábamos de nuestra libertad y de nuestro pensamiento.
Había distintas posiciones.
—Es una barbaridad.
—Es
obvio que es ironía.
—Es una crítica.
Pero cada intento de encuadrarla fallaba.
Y entonces alguien dijo:
—Igual… si lo pensás…
Eso fue lo primero que cambió.
No la imagen.
La
reacción.
Del estupor se pasó a la duda.
Días después aparecieron otras versiones.
La misma figura.
La
misma composición.
Distintas frases.
“los viejos improductivos ocupan recursos innecesarios”
“no
todas las vidas tienen el mismo valor”
“la
empatía es ineficiente”
Alguien la llamó por primera vez:
La Abominación.
El nombre se impuso.
—Es horrible —decían—, pero… algo de razón hay.
La circulación se volvió masiva.
La imagen aparecía en pantallas, en impresiones, en grafitis.
Siempre igual.
Siempre
distinta.
Un médico la vio antes de tomar una decisión.
Un docente la recordó en medio de una
clase.
Un funcionario la tuvo presente al firmar un recorte.
Los mercados no reaccionaron con pánico.
Al contrario.
Funcionaron con una coherencia inédita.
—Esto es inhumano —decía alguien.
—Sí —respondían—, pero igual...
Las decisiones eran cada vez más claras.
Más directas.
Más limpias.
Y cada vez más difíciles de discutir.
Cada vez costaba más sostener un desacuerdo.
La vida continuó.
Pero fue perdiendo su riqueza, su profundidad, su sentido.
Un punto de quiebre fue cuando un partido político que se proclamó a sí mismo bajo el nombre “La Abominación” ganó las elecciones por un ochenta y cinco por ciento de los votos.
Esto se repitió en Estados Unidos, en Europa y en países satélites del llamado “Tercer Mundo”.
Entre otras medidas, se decidió suspender los soportes vitales.
No como medida
excepcional.
Como criterio.
Entre ellos, el de mi mujer.
Cuando lo supe, lloré.
Pero no me indigné.
Comprendí.
No sé si la Abominación nos transformó.
O si simplemente fijó en una imagen la verdad que siempre estuvo ahí, operando en silencio.
Hoy la pregunta ya no tiene sentido.
Es demasiado tarde.
Occidente no cayó.
Se disolvió lentamente.
De manera casi natural.
Las nuevas alianzas internacionales discuten medidas de contención.
No hablan de guerra.
Hablan de aislamiento.
De un dejar morir.
También eso me resulta comprensible.



