domingo, 15 de marzo de 2026

Jürgen Habermas: ¿El fin de una época?

                                                           
 Edgardo Pablo Bergna

Con la muerte de Jürgen Habermas ¿se cierra, simbólicamente, el ciclo de las democracias liberales? Habermas murió el 14 de marzo de 2026 y fue uno de los pensadores contemporáneos liberal-progresista  más influyentes, junto a John Rawls y Karl Popper, insertos en el gran debate sobre las democracias liberales. Autor de la teoría de la “democracia deliberativa”, fue además la figura más conspicua de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt. Su trabajo se apoyó en la filosofía del lenguaje, particularmente en el llamado giro lingüístico y en la idea de una pragmática universal que suponía que la legitimidad democrática debía surgir del diálogo racional en el espacio público.

     Pero ese horizonte teórico parece cerrarse con su desaparición, en tanto el escenario político mundial se mueve en sentido inverso a lo que el filósofo pensaba. Las declaraciones de Donald Trump frente a la guerra, no declarada, con Irán, sumadas al alineamiento irrestricto del gobierno de Javier Milei, señalan un desplazamiento más profundo: el agotamiento del liberalismo clásico y el avance de una forma de neoliberalismo de orientación libertariana. En ese marco, el sistema internacional basado en reglas, tratados, convenciones y equilibrios institucionales —el mismo derecho internacional— comienza a erosionarse. Lo que emerge no es la deliberación, sino la decisión unilateral; no el consenso democrático, sino la lógica de la violencia.

     Pero si el liberalismo parece agotarse en la práctica de las potencias que lo invocaron durante décadas, también se abre una cuestión más profunda. Resulta difícil sostener una “teoría crítica” consistente hacia el capitalismo sin interrogar al propio liberalismo que le dio sustento teórico y jurídico. Desde sus orígenes, el liberalismo se funda en el individualismo metodológico, es decir, en la idea de que la sociedad es la mera suma de individuos y de intereses particulares. Ese supuesto no solo organizó la teoría económica moderna sino también el marco jurídico que garantizó la expansión del capitalismo, como una sociedad que se concibe como un conjunto de intercambios entre individuos que compiten en el mercado. Se produce así un desplazamiento en el cual la lógica mercantil se convierte en la medida de todas las cosas, extendiendo la lógica del mercado a todas las esferas de la vida, donde conceptos como lo ético, lo moral o lo político, y valores como la justicia, la solidaridad o el bien común, son progresivamente reinterpretados según criterios de eficiencia, competencia y cálculo.

     Por eso, si se pretende discutir seriamente los límites del capitalismo contemporáneo, la “crítica” no puede detenerse en sus efectos sino que debe alcanzar sus fundamentos. En ese horizonte reaparece la necesidad de pensar alternativas: formas de organización social que recuperen la centralidad de lo colectivo, como el socialismo de tendencia nacional-popular, entendido como una economía planificada en un orden jurídico cuyo principio rector sea la justicia social.

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