Con la muerte de Jürgen Habermas ¿se cierra, simbólicamente, el ciclo de
las democracias liberales? Habermas murió el 14 de marzo de 2026 y fue uno de
los pensadores contemporáneos liberal-progresista más influyentes, junto a John Rawls y Karl
Popper, insertos en el gran debate sobre las democracias liberales. Autor de la
teoría de la “democracia deliberativa”, fue además la figura más conspicua de
la segunda generación de la Escuela de Frankfurt. Su trabajo se apoyó en la
filosofía del lenguaje, particularmente en el llamado giro lingüístico y en la
idea de una pragmática universal que suponía que la legitimidad democrática
debía surgir del diálogo racional en el espacio público.
Pero ese horizonte teórico
parece cerrarse con su desaparición, en tanto el escenario político mundial se
mueve en sentido inverso a lo que el filósofo pensaba. Las declaraciones de
Donald Trump frente a la guerra, no declarada, con Irán, sumadas al
alineamiento irrestricto del gobierno de Javier Milei, señalan un
desplazamiento más profundo: el agotamiento del liberalismo clásico y el avance
de una forma de neoliberalismo de orientación libertariana. En ese marco, el
sistema internacional basado en reglas, tratados, convenciones y equilibrios
institucionales —el mismo derecho internacional— comienza a erosionarse. Lo que
emerge no es la deliberación, sino la decisión unilateral; no el consenso
democrático, sino la lógica de la violencia.
Pero si el liberalismo parece
agotarse en la práctica de las potencias que lo invocaron durante décadas,
también se abre una cuestión más profunda. Resulta difícil sostener una “teoría
crítica” consistente hacia el capitalismo sin interrogar al propio liberalismo
que le dio sustento teórico y jurídico. Desde sus orígenes, el liberalismo se
funda en el individualismo metodológico, es decir, en la idea de que la
sociedad es la mera suma de individuos y de intereses particulares. Ese
supuesto no solo organizó la teoría económica moderna sino también el marco
jurídico que garantizó la expansión del capitalismo, como una sociedad que se
concibe como un conjunto de intercambios entre individuos que compiten en el
mercado. Se produce así un desplazamiento en el cual la lógica mercantil se
convierte en la medida de todas las cosas, extendiendo la lógica del mercado a
todas las esferas de la vida, donde conceptos como lo ético, lo moral o lo
político, y valores como la justicia, la solidaridad o el bien común, son
progresivamente reinterpretados según criterios de eficiencia, competencia y
cálculo.
Por eso, si se pretende discutir
seriamente los límites del capitalismo contemporáneo, la “crítica” no puede
detenerse en sus efectos sino que debe alcanzar sus fundamentos. En ese
horizonte reaparece la necesidad de pensar alternativas: formas de organización
social que recuperen la centralidad de lo colectivo, como el socialismo de
tendencia nacional-popular, entendido como una economía planificada en un orden
jurídico cuyo principio rector sea la justicia social.

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