Maximiliano Basilio Cladakis
Su reino era ese barrio. Allí había pasado gran parte
de su vida y allí también había muerto. Había justicia en sus juegos. Nunca
hacía nada verdaderamente grave. Una aparición en el vestíbulo de un edificio,
algunas risas en un hotel para turistas, mover copas, romper alguna botella de
champán. Aun muerto, seguía siendo buena persona. La vez que más se había
extralimitado fue en Ricco Boccato. Sin
embargo, no se arrepentía.
Había pasado
más de treinta años en esa cocina. Más de diez horas por día, a las que se
sumaban dos de viaje de ida y dos de vuelta, desde La Matanza hasta ese barrio
de nuevos ricos de la Capital Federal. Nunca había sentido envidia de clase. El
trabajo dignificaba. Eso le había enseñado su padre, quien también había muerto
trabajando. Cayó de un andamio y se fracturó el cráneo. A veces pensaba que el
destino existía. Él no murió por un accidente. Aunque, si se habla de un ACV,
quizás esa afirmación no sea del todo cierta.
Cuando vio
su cuerpo tendido sobre el piso de la cocina sintió extrañeza, como si
contemplara a otra persona. Sus compañeros corrieron hacia él e intentaron
reanimarlo inútilmente. Entonces entró el gerente y les ordenó que siguieran
trabajando. Era sábado por la noche y una delegación de Os.Tech.Com cenaba en el salón. Los comensales bebían, comían y
discutían las oportunidades de inversión en Argentina. La ambulancia tardó. Sus
compañeros continuaban sirviendo los platos con una sonrisa, anhelando una
buena propina. El gerente hacía cuentas. Su cuerpo, mientras tanto, se
enfriaba.
Sin embargo no fue eso lo que despertó su furia, sino lo
que ocurrió después. A su mujer le pagaron una indemnización paupérrima. Incluso,
amenazaron con no darle nada. La mayoría de sus aportes habían sido en negro. El enojo que nunca había
sentido en vida lo encontró en la muerte. Durante semanas acosó al restaurante.
Apariciones. Gritos en los pasillos. Platos gourmet que se incendiaban sin
explicación. Copas que estallaban. Una noche, con el salón repleto, hizo volar
mesas y sillas por el aire. Rico Boccato
terminó cerrando.
Después
comenzó a vagar por ese barrio tan ajeno y tan íntimo al mismo tiempo. Nunca
jugó con trabajadores ni con empleadas domésticas. Al contrario. Una vez
incluso evitó que una de ellas fuera violada por su patrón. Su propia mujer,
ahora viuda, también había sido empleada doméstica. Aquella fue la primera vez
que deseó asesinar a alguien. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse.
No sabía si podía abandonar ese barrio. Nunca intentó hacerlo, ni pensaba hacerlo. Tampoco se le ocurrió regresar a La Matanza. Sentía que ese ya no era su lugar, que no tenía nada que hacer ahora. solo le restaba continuar jugando, y ese barrio le resultaba perfecto.

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