martes, 23 de junio de 2026

Cristina libre

Maximiliano Basilio Cladakis 

La consigna “Cristina libre” debe convertirse en el eje unificador del campo nacional-popular. Su proscripción no es solo una embestida contra nuestro movimiento político, sino también contra la propia democracia.

Con su condena, el lawfare —la guerra jurídica— inauguró una etapa aún más sombría para la Argentina. La articulación entre sectores de la derecha política, del Poder Judicial, de los grandes medios de comunicación y del capital concentrado, nacional y transnacional, configura una estrategia orientada a consolidar un poder sin límites, eliminando o intentando eliminar toda forma de resistencia y oposición. Se busca clausurar la política y vaciar de contenido a la democracia.

Las elecciones son admitidas, pero solo bajo una condición: que quienes tengan posibilidades reales de triunfar sean los representantes de los intereses dominantes. En este esquema, Javier Milei es descartable, y conviene tenerlo claro. Lo que no es descartable son sus políticas ni el proyecto de país que expresa. Mauricio Macri, Patricia Bullrich, junto a otras incontables figuras, pueden ocupar su lugar, siempre y cuando garanticen la continuidad del mismo programa de dominación política, económica y cultural.

No es casual que una de las referencias intelectuales más importantes de la nueva derecha global, Peter Thiel —quien se halla desde hace tiempo en nuestro país—, haya sostenido que la libertad es incompatible con la democracia. Cuando habla de libertad, obviamente, no se refiere a la emancipación de los pueblos ni a la ampliación de derechos, sino a la libertad irrestricta del capital para ejercer su poder omnívoro. Lo que durante años pudo parecer una provocación teórica hoy se manifiesta como una práctica política concreta. La democracia es tolerada mientras no cuestione los privilegios de las élites económicas. Cuando amenaza con hacerlo, se restringe, se vacía o se transforma en una mera formalidad institucional. Los líderes populares pueden ser perseguidos, encarcelados o asesinados. Cristina lo advirtió hace años: “Me quieren presa o muerta”.

La proscripción de Cristina debe leerse en este contexto. No se trata únicamente de excluir a una dirigente política. Se trata de disciplinar a cualquier fuerza capaz de representar intereses populares y disputar el rumbo del país. Desde esta perspectiva, no colocar la liberación de Cristina en el centro de la acción política constituye una claudicación frente a la historia misma del peronismo. El movimiento nacional nació enfrentando la persecución y la proscripción. Su identidad se forjó en la resistencia al intento de expulsar de la vida política a quienes expresaban las aspiraciones del pueblo.

Aceptar hoy la proscripción de Cristina, o relegar su situación a una cuestión secundaria, equivale a admitir que los poderes fácticos pueden decidir quiénes tienen derecho a competir por el gobierno y quiénes deben quedar excluidos de antemano. Esto constituye lo opuesto a nuestra tradición política. Significa la renuncia a la razón de ser histórica del peronismo y el riesgo de su conversión en un agente más del orden que nació para combatir.

La libertad de Cristina, el futuro del peronismo y la vigencia de la democracia aparecen hoy como cuestiones inseparables. No hay peronismo sin Cristina porque lo que se busca proscribir no es únicamente a una dirigente, sino a la tradición política que ella encarna y a la posibilidad misma de que el pueblo vuelva a convertirse en sujeto de la historia.



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