lunes, 9 de febrero de 2026

Imperialismo

 

Maximiliano Basilio Cladakis 


Imperialismo. Esa es la palabra clave para comprender el presente latinoamericano. Un presente que, en rigor, no tiene nada de novedoso. El imperialismo —encarnado históricamente en los Estados Unidos— ha sido una constante en la vida de nuestros pueblos y, más aún, una verdadera maldición. Durante más de un siglo se desplegó como saqueo sistemático, miseria planificada, violencia estructural y muerte. América Latina conoce bien esa historia.

Sin embargo, algo parece haber cambiado. No en su esencia, sino en su forma de manifestarse. Hoy el imperialismo se muestra sin máscaras. Ya no se pronuncian grandes discursos en nombre de la libertad, la democracia o el “modo de vida americano” como horizonte universal al que todas las mujeres y los hombres deberían aspirar. Esa retórica ya no es necesaria. El poder actúa sin justificarse. Se terminó la hipocresía. El imperio se dice y se muestra en su verdad.

Donald Trump es una figura paradigmática de este momento. Según sus propias palabras, no responde más que a sí mismo. Quien no se arrodille ante el águila calva es un enemigo. Y frente al enemigo, todo se vuelve legítimo. Sanciones, bloqueos, asfixias económicas, golpes institucionales o amenazas directas: la fuerza se convierte en el único principio ordenador.

Juan Domingo Perón lo expresó con crudeza: “la fuerza es el derecho de las bestias”. Esa sentencia resume con precisión la lógica imperialista. No es casual que Ernesto Che Guevara utilizara un lenguaje similar para describir al imperialismo norteamericano. El bloqueo petrolero contra Cuba y el secuestro del legítimo Presidente de la República Bolivariana de Venezuela Nicolás Maduro muestran la brutalidad de un poder omnívoro que no reconoce más límites que las resistencias concretas que se le oponen.

En este punto, resulta sugerente —aunque inquietante— releer a Nietzsche. En la Genealogía de la moral, el filósofo alemán describe el surgimiento de una forma de poder que se afirma a sí misma más allá de toda justificación moral: la voluntad de poder. Nietzsche habla de las “bestias rubias” para dar cuenta de una violencia originaria que se ejerce sin culpa, sin ley y sin límites. No se trata aquí de un elogio normativo, sino de un diagnóstico descarnado. Esa lógica parece encontrar hoy una realización histórica en el accionar del imperialismo contemporáneo: una expansión que devora, se apropia y destruye sin necesidad de legitimarse éticamente.

Lo vemos con claridad. Ya no hay racionalidad argumentativa en sentido estricto, sino una violencia desnuda que no responde a ningún orden ético ni moral. Incluso las propias élites del imperio exhiben esa descomposición. El caso Epstein no es un hecho aislado ni un “escándalo sexual”, como intentan presentarlo ciertos medios. Es la expresión obscena de una trama de poder, dinero y dominación. No se trata de sexo. Se trata de capitalismo.

Cuando el diario Clarín tituló una nota como “El lado oscuro del sexo”, no hizo más que falsear el problema. No hay allí un “lado oscuro” de la sexualidad, sino la lógica del capital llevada a su extremo: cosificación absoluta, impunidad de clase, mercantilización de los cuerpos y ejercicio soberano del poder sobre la vida y la muerte. La llamada “isla de Epstein” no es una anomalía, sino un síntoma. Un síntoma de un sistema cuya racionalidad última es la perversión.

El imperialismo actual no es un desvío del capitalismo, sino su verdad. Una verdad que hoy se exhibe sin pudor. Frente a ella, no hay neutralidad posible. O se la enfrenta, o se la padece.

Y aquí nos encontramos nosotros, los argentinos, viendo cómo nuestra Patria se disuelve en la indignidad. Cómo una Nación que supo pensarse libre y soberana se diluye, por decisión de sus élites, en la más servil de las colonias del imperialismo. No se trata de un destino inevitable, sino de una claudicación política y moral. La historia, sin embargo, permanece abierta. Allí donde hay dominación, también hay resistencia; allí donde hay colonia, late todavía la posibilidad de la liberación.



3 comentarios:

  1. Impecable, querido compañero. Me atrevo a esbozar dos disidencias:
    1) el imperialismo yankee no parece ser histórico, como se indica en el texto, sino más bien de los últimos 75 años, por lo menos en Argentina. Este sitio fue ocupado previamente por el Reino Unido y antes por España.
    2) El texto indica que la disolución de la Soberanía es decisión de las élites. Me permito agregar "con aceptación de nosotros" en tanto, Pueblo.
    3) Desconocía la manera en que clarín tituló el "caso Epstein"...Una. canalla forma de engañar.
    Gracias, siempre!

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  2. Claudio, antes que nada gracias por tu comentario. En las dos cuestiones que mencionas, tenés razón. España primero, luego Inglaterra, y después Estados Unidos. En cuanto a que la sociedad es cómplice de la disolución, demás de las elites, tenés razón. Aunque yo no diría que fue el pueblo, sino la falta de este. El pueblo desintegrado en en una sumatoria de partículas hegemonizadas por el poder real.
    Seguimos hablando.
    Un abrazo.

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