Edgardo Pablo Bergna
Hay una antigua frase atribuida a Platón que dece: «Que nadie ignorante de la geometría entre».
Más allá de que la inscripción haya existido realmente o sea una tradición posterior, lo interesante es la interpretación que se le dio: que nadie injusto entre aquí, porque la geometría es igualdad y justicia.
¿Por qué relacionar geometría y justicia?
Porque la geometría no consiste solamente en medir cantidades. Consiste en comprender las relaciones entre las partes.
Y ahí aparece una idea que nos interesa para pensar la justicia social: justicia no significa necesariamente que todos reciban lo mismo. Significa que exista una proporción justa entre las diferencias.
La igualdad aritmética dice: lo mismo para todos.
La igualdad geométrica pregunta: ¿qué corresponde a cada uno en relación con los demás?
Esta diferencia es fundamental. Una distribución idéntica puede ser injusta si desconoce diferencias relevantes. Y una distribución desigual puede ser justa si esa desigualdad responde a una proporción que podamos considerar legítima.
Pero entonces aparece una dificultad: ¿Cómo sabemos cuál es la proporción justa?
Y aquí entra Aristóteles.
Aristóteles habla de la phronesis, la prudencia o sabiduría práctica. No es simplemente conocer una regla. Es saber discernir qué corresponde hacer en una situación concreta.
Por eso el famoso «justo término medio» no es un promedio matemático. Es la medida adecuada a las circunstancias.
Podríamos decir entonces:
Platón nos da la proporción.
Aristóteles nos da el discernimiento de la proporción.
Pero todavía falta algo.
Nosotros no vivimos como individuos aislados que simplemente reciben una parte de un conjunto de bienes. Vivimos dentro de relaciones sociales: trabajamos, intercambiamos, producimos, dependemos unos de otros, somos reconocidos —o no— por los demás.
Y aquí aparece Hegel.
Para Hegel, la libertad no existe plenamente fuera de las relaciones y las instituciones que la hacen posible. Por eso la justicia social no puede preguntarse solamente:
¿Cuánto tiene cada uno?
Tiene que preguntar también:
¿Qué relaciones producen esa distribución?
Y una pregunta todavía más profunda:
¿Esas relaciones permiten que los individuos sean efectivamente libres y reconocidos?
Aquí la justicia deja de ser solamente un problema de distribución. Se convierte en un problema de estructura social.
Y esto nos permite reunir a los tres filósofos:
Platón: justicia como proporción.
Aristóteles: proporción discernida en la contingencia.
Hegel: proporción realizada en relaciones e instituciones históricas.
A partir de ahí aparece una idea que queremos proponer:
La justicia es una medida en movimiento. Porque la sociedad cambia.
Lo que pudo ser proporcional en un momento puede dejar de serlo después. Las condiciones cambian, las desigualdades se acumulan, aparecen nuevas necesidades, nuevas formas de exclusión y nuevas posibilidades de reconocimiento.
Por eso la justicia no puede consistir simplemente en conservar un equilibrio. Tiene que ser capaz de reconocer cuándo el equilibrio se rompe y cuándo una diferencia se convierte en desproporción.
Y aquí vuelve la phronesis: la capacidad de discernir, en medio de la contingencia, cuál es la medida que permite sostener una sociedad justa.
Quizás podamos formularlo así:
La geometría nos enseña la proporción.
La prudencia nos enseña a reconocerla en cada situación.
La ética nos exige convertirla en una forma de vida común.
Entonces, cuando hablamos de justicia distributiva o justicia social, la pregunta no debería ser solamente:
«¿Cómo distribuimos?» sino:
«¿Qué relación entre las partes permite que las diferencias no se conviertan en dominación y que la igualdad no se convierta en una uniformidad injusta?»
Tal vez la justicia no sea encontrar una igualdad definitiva.Tal vez sea algo más difícil:
Mantener una proporción justa dentro de un mundo que está permanentemente cambiando.
Y ahí es donde la justicia entra, finalmente, en el ámbito de Caos y Tiempo y territorio de En Vísperas del sentido
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