Documento colectivo de formación política
Espacio de Formación Política Ateneo Néstor Kirchner
Hay una pregunta que atraviesa nuestras discusiones y que quizás constituye el punto de partida de toda reflexión política sobre Nuestra América: ¿desde dónde pensamos cuando pensamos Nuestra América?
No es una pregunta menor. Durante siglos, nuestro
continente fue pensado desde afuera. Fuimos definidos por otros, clasificados
por otros, interpretados por otros. Se nos dijo qué éramos, qué debíamos ser y
hacia dónde debíamos avanzar. Pero la dominación no se limita a imponer desde
afuera determinadas formas de pensar. Una de sus dimensiones más profundas
consiste en que esas formas de pensamiento pueden ser incorporadas por los
propios sujetos dominados hasta presentarse como naturales, evidentes y universales.
La mirada del dominador puede convertirse así en nuestra propia mirada.
Naturalizamos categorías, valores, instituciones y representaciones
históricamente producidas y terminamos percibiéndolas como si fueran la única
manera posible de comprender el mundo.
Por eso una de las frases que surgió en nuestras
discusiones resulta particularmente significativa: “Estamos siendo pensados
y no pensamos.”
La frase señala un problema político fundamental.
Si no pensamos por nosotros mismos, dejamos de ser sujetos para convertirnos en
objetos. Objetos de pensamiento de otros, objetos de la historia escrita por
otros, objetos de una praxis que otros realizan sobre nosotros. Recuperar
nuestra capacidad de pensar significa, por el contrario, recuperar nuestra condición
de sujetos: sujetos de pensamiento, sujetos de nuestra propia historia y
sujetos de nuestra propia praxis.
Pensar desde Nuestra América constituye, entonces,
un desafío político. No significa rechazar el pensamiento europeo ni desconocer
los enormes aportes que las distintas tradiciones filosóficas, científicas y
políticas de Europa realizaron a la humanidad. Significa cuestionar que una
experiencia histórica particular pueda presentarse como medida universal de
todas las experiencias humanas.
Estamos imbuidos de Europa. Nuestra educación,
nuestras instituciones, nuestras categorías políticas y buena parte de nuestras
formas de comprender el mundo están atravesadas por tradiciones europeas. Un
ejemplo particularmente significativo es la presencia del derecho romano
en nuestras instituciones jurídicas. Una tradición histórica específica , a
través de complejos procesos de transmisión, fue incorporada a nuestros
sistemas legales y terminó formando parte de aquello que muchas veces
percibimos simplemente como “el derecho”. Reconocer esta herencia no significa
rechazarla, sino comprender que ninguna institución es completamente neutral ni
está fuera de la historia.
Por eso debemos preguntarnos qué ocurre cuando
intentamos comprender nuestra realidad con categorías que no fueron construidas
a partir de nuestra propia experiencia histórica. La cuestión no consiste en
abandonar aquello que hemos recibido, sino en apropiarnos críticamente de ello
y preguntarnos qué categorías necesitamos producir para comprender nuestra
propia realidad.
Aquí adquiere toda su fuerza la consigna de “O
inventamos o erramos”, formulada por Simón Rodríguez en Sociedades
Americanas. Rodríguez sostenía que la América española debía producir
instituciones y formas políticas originales, porque una realidad histórica
original no podía limitarse a reproducir modelos ajenos.
Pensar desde Nuestra América implica asumir el
riesgo de inventar. No se trata de negar lo que otros pueblos han pensado, sino
de apropiarnos críticamente de esos pensamientos para producir respuestas
propias. No somos una copia defectuosa de Europa. Somos una realidad histórica
singular, atravesada por la conquista, la colonización, la resistencia, la
mezcla, la desigualdad, la dependencia y también por enormes experiencias de
organización y emancipación.
Las
revoluciones no pueden ser idénticas
Esta cuestión nos lleva directamente a la tradición
política latinoamericana y, particularmente, al pensamiento de Juan Domingo
Perón.
En su carta a Fidel Castro, Perón plantea que las
revoluciones no pueden ser idénticas. La afirmación contiene una concepción
profunda de la política. Ningún pueblo puede limitarse a copiar mecánicamente
el camino recorrido por otro.
La transformación social no consiste en importar
modelos terminados. Cada proceso revolucionario debe encontrar las formas
adecuadas a sus propias condiciones históricas. La política es praxis; es
pensamiento y acción sobre una realidad concreta.
Esta perspectiva aparece también en Latinoamérica,
ahora o nunca, obra de Perón publicada en 1967, donde la cuestión
continental adquiere una dimensión estratégica. La unidad de Nuestra América no
aparece allí simplemente como una afinidad cultural entre países, sino como una
condición política vinculada con la soberanía, la independencia y la
posibilidad de construir un destino propio frente a las estructuras de
dependencia.
Esto permite comprender al peronismo como parte de
una tradición latinoamericana que concibe la transformación política desde las
condiciones concretas de nuestros pueblos. La revolución no es un molde que se
aplica desde afuera. Es una praxis que debe construirse históricamente.
Por eso la unidad de Nuestra América tampoco puede
ser entendida como la simple reproducción de un modelo político único. La
unidad no exige que seamos idénticos. Al contrario, la unidad de Nuestra
América supone reconocer nuestras diferencias y, al mismo tiempo, nuestra
historia y nuestros intereses comunes.
Bolívar, Martí, Perón y tantos otros pensadores y
dirigentes de Nuestra América comprendieron que la fragmentación de nuestro
continente constituía una de nuestras principales debilidades. La independencia
política de cada país no podía desligarse de la construcción de una comunidad
capaz de defender su soberanía.
La unidad de Nuestra América es, por eso, mucho más
que una consigna. Es una necesidad política.
Nuestra
América: el problema de nombrarnos
Pensar Nuestra América supone también preguntarnos cómo
nos nombramos.
No se trata de una cuestión meramente lingüística.
Nombrar es también producir una determinada representación de la realidad. Las
palabras con las que designamos nuestro continente contienen historias,
relaciones de poder y formas de comprender quiénes somos.
El propio nombre “América Latina” tiene una
historia vinculada con una determinada construcción política y geopolítica del
continente. Utilizarlo no significa necesariamente reproducir una posición
colonial, pero sí nos obliga a preguntarnos por las condiciones históricas en
las cuales ese nombre se consolidó y por aquello que deja en segundo plano.
Frente a esto, recuperar la expresión Nuestra
América, tomada de José Martí, significa inscribirnos conscientemente en
una tradición de pensamiento que buscó construir una mirada propia sobre el
continente. El ensayo Nuestra América, publicado por Martí en 1891,
constituye uno de los antecedentes fundamentales de esta tradición. Allí
aparece la necesidad de pensar los problemas americanos desde las propias
condiciones históricas y de rechazar la aplicación mecánica de modelos
importados.
Por eso, cuando hablamos de Nuestra América no
estamos simplemente cambiando un nombre por otro. Estamos reivindicando una
posición desde la cual pensar.
Y pensar Nuestra América significa también
reconocer que nuestra historia no comenzó con la llegada de Europa.
Aquí adquiere toda su fuerza la noción de Abya
Yala. Recuperarla implica reconocer que antes de la conquista existían
pueblos, territorios, conocimientos, lenguas, culturas y formas de organización
que fueron violentamente subordinados. También significa cuestionar el lenguaje
con el cual muchas veces seguimos narrando esa historia.
No se trata de reemplazar mecánicamente un nombre
por otro, ni de construir una nueva etiqueta identitaria. Se trata de
comprender que también el lenguaje puede ser un territorio de disputa
política.
Siempre
nos quieren someter
Nuestra América no es solamente un territorio
delimitado en un mapa. Es una comunidad histórica. Una comunidad atravesada por
lenguas, culturas, pueblos, memorias, luchas y experiencias compartidas.
Pero también es una comunidad atravesada por la
dominación.
Una de las expresiones que surgió durante nuestras
discusiones fue contundente: “Siempre nos quieren someter.”
La frase puede parecer sencilla, pero contiene una
cuestión fundamental: la historia de Nuestra América está marcada por distintas
formas de subordinación. Colonialismo, imperialismo, dependencia económica,
intervenciones políticas y condicionamientos externos adoptaron distintas
formas a lo largo del tiempo.
Hoy estas relaciones pueden aparecer bajo formas
nuevas. Ya no necesariamente se presentan como una ocupación territorial
directa. Pueden expresarse mediante la dependencia económica, la subordinación financiera,
el control de recursos estratégicos, la influencia cultural o la imposición de
determinadas agendas políticas.
Por eso hablar de soberanía implica preguntarnos
quién decide sobre nuestro presente y, fundamentalmente, quién tiene
capacidad para decidir nuestro futuro.
La
riqueza de nuestra tierra
Nuestra América es una tierra de una enorme belleza
y riqueza natural. Pero precisamente esa riqueza constituye también uno de los
campos centrales de disputa política.
Agua, alimentos, minerales, hidrocarburos,
biodiversidad, tierras fértiles, fuentes de energía: aquello que constituye
nuestra riqueza puede transformarse en una fuente de soberanía o en un
mecanismo de dependencia.
La cuestión no es solamente qué recursos poseemos.
La pregunta fundamental es quién los controla, quién decide sobre ellos y
para qué proyecto social son utilizados.
No puede existir una verdadera soberanía política
si nuestros pueblos carecen de capacidad para decidir sobre los bienes
fundamentales de sus territorios.
La defensa de los recursos naturales es, entonces,
parte de la defensa de Nuestra América.
Y esto vuelve a conducirnos a la unidad. Un
continente fragmentado es más vulnerable frente a quienes buscan apropiarse de
sus riquezas. Un continente capaz de actuar políticamente de manera coordinada
posee mayores posibilidades de defenderlas.
Alguien expresó durante nuestras discusiones una
imagen que sintetiza esta idea: “Nuestra América es el puño cerrado. Sin
embargo, todavía no lo está.”
Tenemos la posibilidad de ser una fuerza común,
pero esa posibilidad todavía debe construirse.
La
colonización también vive en nosotros
La dependencia no existe únicamente afuera. También
puede instalarse dentro de nosotros.
Una de las observaciones realizadas durante el
encuentro fue que los habitantes de Nuestra América muchas veces nos
encontramos devaluados a nosotros mismos.
Esto significa que podemos reproducir la mirada del
dominador incluso cuando creemos estar hablando desde nuestra propia
perspectiva.
La dominación puede reproducirse mediante el
lenguaje, la religión y la cultura. Puede aparecer en las palabras con las que
nombramos a nuestros pueblos, en las imágenes mediante las cuales representamos
lo sagrado, en las formas artísticas que presentamos como universales, en los
relatos históricos que aprendemos, en las películas que consumimos, en las
esculturas y pinturas que ocupan nuestros espacios públicos y en las
representaciones de nosotros mismos que reproducen jerarquías históricas.
Cuando consideramos automáticamente superior
aquello que viene de Europa o de Estados Unidos; cuando despreciamos nuestras
propias culturas; cuando pensamos que nuestros pueblos son incapaces de
construir instituciones propias; cuando consideramos inferiores nuestras formas
de conocimiento; cuando un país de Nuestra América mira con desprecio a otro;
cuando reproducimos entre nosotros las jerarquías que históricamente nos fueron
impuestas, estamos contribuyendo a reproducir la dependencia.
Pero aquí aparece también una dimensión de clase.
La dominación no produce solamente una determinada imagen de los pueblos
colonizados sino que también puede producir formas de conciencia que
dificultan reconocernos como sujetos colectivos. La percepción que tenemos
de nosotros mismos está atravesada por nuestras condiciones materiales de
existencia, por nuestra posición social y por las relaciones de poder en las
que estamos insertos.
Por eso la emancipación requiere también una conciencia
de clase. Se trata de comprender las relaciones sociales, económicas y
políticas que estructuran nuestras sociedades y reconocer los intereses que
atraviesan esas relaciones.
Pero requiere también una conciencia americana,
una conciencia de pertenecer a una historia común de Nuestra América.
No se trata de sustituir una conciencia por otra.
Se trata de comprender su relación. La conciencia de clase permite reconocer
las relaciones de explotación y dominación dentro de nuestras sociedades; la
conciencia de Nuestra América permite reconocer las relaciones históricas de dependencia
que atraviesan nuestros pueblos y nuestra posición en el mundo.
La dominación no funciona solamente porque alguien
domina desde afuera. También funciona cuando el dominado termina mirando su
propia realidad con los ojos del dominador.
Por eso la emancipación debe ser también
intelectual, política y cultural.
Una
mirada colonial sobre nosotros mismos
El eurocentrismo puede aparecer incluso en
cuestiones aparentemente pequeñas.
Durante nuestras discusiones surgió la imagen de
Cristo representado como un hombre rubio, de ojos celestes. No se trata
simplemente de discutir una representación artística. El ejemplo permite
observar cómo el lenguaje del dominador puede convertirse también en el
lenguaje mediante el cual representamos lo sagrado, lo humano y lo universal.
Los símbolos no son neutrales. Las imágenes
mediante las cuales representamos a Dios, a los héroes, a los pueblos, a la
belleza, a la justicia o a la civilización también transmiten una determinada
concepción del mundo.
La conquista no significó únicamente el dominio
territorial. También implicó la desvalorización de culturas, lenguas,
conocimientos, formas de organización y maneras de relacionarse con el mundo.
Esa dominación cultural puede reproducirse a través
de la religión, pero también mediante el arte, la literatura, las esculturas,
las pinturas, el cine y los medios de comunicación. Las imágenes que consumimos
y producimos contribuyen a formar nuestra percepción de nosotros mismos y de
los otros.
Por eso también allí existe una disputa política.
El problema del reconocimiento continúa siendo
actual.
Pensar desde Nuestra América implica recuperar esas
voces y esos saberes, pero sin convertirlos en una pieza de museo ni idealizar
un pasado perdido. Significa reconocerlos como parte viva de nuestra realidad y
como elementos capaces de intervenir en la construcción de nuestro futuro.
En este sentido, la noción de Abya Yala
puede ayudarnos a ampliar nuestra mirada. Nos recuerda que la historia de este
continente no comenzó con la llegada de Europa. Antes de la conquista existían
pueblos, territorios, conocimientos y formas de organización que fueron
violentamente subordinados.
Reconocer esto modifica incluso nuestra manera de
contar nuestra propia historia.
Comunidad
y sujeto sentipensante
Otra cuestión que apareció en nuestras discusiones
fue la necesidad de pensar la comunidad.
La comunidad no debe ser entendida como negación de
la individualidad. Significa reconocer que los seres humanos no existen
aislados, sino que desarrollan sus vidas dentro de relaciones históricas,
culturales y políticas.
Nuestra América puede pensarse desde una concepción
comunitaria que cuestione el individualismo extremo y la idea de que la
sociedad no es más que una suma de individuos.
En este punto adquiere sentido otra expresión
surgida en el encuentro: la necesidad de ser sujetos sentipensantes.
No queremos abandonar la razón. Queremos superar
una concepción del sujeto que reduce la racionalidad a una capacidad abstracta,
separada de los cuerpos, de los afectos, de la memoria y de la historia.
Pensar también es sentir. Sentir también puede ser
una forma de conocimiento.
Somos sujetos que pensamos desde nuestras
experiencias, nuestros territorios, nuestras historias y nuestras comunidades.
La política no puede construirse solamente desde conceptos abstractos. Necesita
también memoria, identidad, sensibilidad y voluntad.
Pero esto tampoco significa oponer pensamiento y
acción. La formación política debe recuperar la relación dialéctica y
necesaria entre teoría y praxis.
La teoría sin praxis corre el riesgo de convertirse
en contemplación abstracta. La praxis sin teoría puede quedar reducida a una
acción inmediata incapaz de comprender las relaciones históricas en las que
interviene.
Pensar y actuar se necesitan mutuamente.
La teoría permite comprender la realidad para
transformarla; la praxis transforma la realidad y, al mismo tiempo, pone a
prueba, modifica y profundiza nuestras categorías de pensamiento.
Por eso queremos ser sujetos sentipensantes:
sujetos capaces de pensar, sentir y actuar sobre nuestra realidad.
Pensar el
futuro
Pensar desde Nuestra América no significa
únicamente revisar el pasado. Significa, sobre todo, recuperar la capacidad
de imaginar un futuro.
Una de las dificultades de los pueblos subordinados
consiste precisamente en que muchas veces terminan creyendo que el futuro ya
está decidido por otros.
Nos dicen qué modelo económico es posible. Qué
sociedad es moderna. Qué instituciones debemos tener. Qué recursos podemos
utilizar. Qué políticas son “realistas”. Qué países debemos imitar.
Frente a eso, pensar desde Nuestra América
significa recuperar la posibilidad de decir: podemos construir otro camino.
No sabemos de antemano cuál será ese camino. Y
justamente por eso debemos inventarlo.
“O inventamos o erramos” no es una invitación a
improvisar. Es una convocatoria a asumir la responsabilidad histórica de pensar
y actuar desde nuestra propia realidad.
Inventar significa también recuperar nuestra
condición de sujetos.
Hacia una
unidad de Nuestra América
La unidad de Nuestra América no puede reducirse a
una cuestión diplomática ni a una celebración ocasional de nuestra identidad
común.
Es una tarea política.
Como planteaba Perón en Latinoamérica, ahora o
nunca, la cuestión continental debe ser pensada en términos de soberanía,
integración y capacidad de los pueblos para construir un destino propio. La
fragmentación política y económica constituye una condición que favorece la
dependencia, mientras que la unidad abre la posibilidad de construir mayores
márgenes de autonomía.
Necesitamos construir una conciencia americana
capaz de comprender que nuestros problemas no terminan en nuestras fronteras
nacionales y que muchas de nuestras posibilidades tampoco pueden desarrollarse
exclusivamente dentro de ellas.
Ser nacionalista en Nuestra América no debería
significar levantar una nación contra las otras. Significa defender la
soberanía nacional comprendiendo que nuestras soberanías se fortalecen
cuando somos capaces de construir una soberanía de Nuestra América.
Nuestra América no tiene que ser una nación única
para constituirse en una comunidad política capaz de defender sus intereses.
Tenemos que aprender a reconocernos.
Tenemos que dejar de pensarnos como países aislados
y comenzar a comprendernos como parte de una historia común.
Tenemos que dejar de mirarnos con los ojos de
quienes nos subordinan.
Tenemos que recuperar la confianza en nuestra
capacidad de pensar.
Tenemos que defender nuestros territorios y
nuestros recursos.
Tenemos que reconocer a nuestros pueblos
originarios.
Tenemos que construir proyectos de futuro.
Tenemos que disputar también el lenguaje, los
símbolos y las imágenes mediante los cuales nos representamos.
Tenemos que construir una cultura propia sin
encerrarnos en nosotros mismos.
Tenemos que articular teoría y praxis.
Tenemos que volver a pensar desde aquí.
Porque si otros piensan por nosotros, otros
decidirán por nosotros.
Y si queremos ser verdaderamente libres, tenemos
que recuperar aquello que toda dominación intenta arrebatarnos primero: la
capacidad de imaginar y construir nuestro propio futuro.
Inventar o errar.
Pensar desde Nuestra América.
Construir la unidad.
Defender nuestra soberanía.

Espectacular sintesis para debatir entre compañeros y gente amiga y por qué no entre grupos heterogeneos. Gracias por brindarnos esa posibilidad!
ResponderEliminarMuchas Gracias Por tu comentario Viviana Laura.
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