Maximiliano Basilio Cladakis
Los años habían
transcurrido, bestiales, contra ella. No era vieja, era antigua. Habitaba en
medio del bosque, rodeada de árboles que conocían su nombre aunque hacía tanto
tiempo que nadie lo pronunciaba que incluso ella comenzaba a olvidarlo. Las
mañanas y las tardes transcurrían entre el trabajo y el silencio, y durante las
noches escuchaba las voces de los muertos. A veces eran apenas murmullos que
llegaban desde lo profundo del bosque, otras veces podía reconocerlas con
absoluta claridad. La voz de su padre,
la de sus hermanos, la de su esposo, la de sus hijos. Había sido joven alguna
vez, había sido bella, había sido hija, hermana, esposa y madre; había conocido
las fiestas de su pueblo, sus canciones, sus ceremonias, los nacimientos y los
funerales, y había aprendido de los ancianos los nombres de las plantas, los
caminos ocultos del bosque, las historias de los antepasados y las palabras que
debían pronunciarse antes de entrar al río. Pero ellos habían llegado.
Los conquistadores
blancos habían aparecido desde el otro lado del bosque con sus armas, sus
animales y sus cruces. Primero fueron pocos, después fueron muchos. Ella
recordaba el fuego, las casas ardiendo, los cuerpos tendidos en la tierra y el
olor de la carne quemada. Recordaba a su madre tomándola de la mano y
diciéndole que corriera. Ella no quería hacerlo; quería quedarse, morir junto a
los suyos, pero su madre la obligó a escapar porque el legado de su pueblo no
podía desaparecer con los muertos. Durante días caminó sin detenerse, comiendo
raíces, bebiendo de los arroyos y durmiendo bajo los árboles, hasta que
encontró un lugar donde nadie la buscó. Allí permaneció durante décadas, quizás
durante un siglo, mientras el mundo de su infancia se convertía poco a poco en
una historia que solamente ella podía recordar.
Una tarde escuchó el
llanto de una niña. Al principio creyó que era un animal herido, pero volvió a
escucharla y comprendió que era una voz humana. Se internó entre los árboles y
encontró a dos niños. Una niña de unos seis años y un muchacho más pequeño
deambulaban por el bosque. Ambos eran rubios, más blancos que la más blanca de
las nubes, llevaban unos vestidos también claros pero que estaban sucios y
rotos. Lloraban y pedían ayuda. Comprendió que estaban perdidos. Se quedó
inmóvil observándolos y sintió que, dentro de sí, se levantaba una furia que creía
extinta. Podía matarlos. Podía terminar allí mismo con aquello que pertenecía
al mundo de los hombres que habían destruido a los suyos. También podía
dejarlos abandonados y permitir que el bosque hiciera lo que tantas veces había
hecho con los hombres perdidos. Durante un instante tuvo ambos impulsos, y
finalmente optó por el segundo. Se marchó a su morada. “Que el bosque se
encargué de ellos”.
Sin embargo, pasaron
las horas y llegó la noche. Continuaba escuchando los gritos de los niños. La
furia fue perdiendo su vigor y dio paso a un sentimiento distinto, quizá
opuesto. A pesar de sí, la compasión fue
abriéndose camino sobre su alma. Odiaba a los blancos, pero ese odio… ¿no la volvía
igual ellos? Eran blancos, pero también eran niños perdidos en un bosque que
podía asesinarlos de mil maneras distintas. Ella era el legado de su pueblo. Un
pueblo al que los conquistadores habían exterminado, pero también mantener vivo
ese legado significaba continuar sus tradiciones y valores. Dejar morir a
inocentes era romper una de las leyes de sus dioses, de su familia, de su
comunidad.
Salió de su morada en
medio de la noche. Siguió las voces de los niños. No fue difícil encontrarlos.
Los vio entre los arboles llorando y tiritando de frio. Su voz sonó como parte
misma del bosque. “Vengan”. Los niños al principio tuvieron miedo, la mayor se
puso delante del más chico. “Pueden morir aquí o venir conmigo”. Los niños se
miraron y finalmente fueron hacia esa antigua mujer tan distinta a ellos.
Los llevo a su casa en
silencio. La noche era oscura, fría, sepulcral. Los niños entraron a esa
especie de cueva que no podía decirse si estaba por debajo o por encima de la
tierra. Ella les dijo que se calentaran al lado del fuego. Tomó un caldero y
comenzó a cocinarles un guiso de hierbas, papas, legumbres y liebre. Durante
aquella primera noche los niños apenas hablaron. El menor se quedó dormido
junto al fuego antes de terminar el guiso, mientras la niña permanecía
despierta, observando a la mujer que se movía lentamente por aquella extraña
morada.
A la mañana siguiente
les dio ropa limpia. Eran prendas que había conservado durante décadas,
confeccionadas por ella misma cuando todavía existían otros como ella. Las
había guardado en un viejo cofre junto a semillas, instrumentos de piedra y
pequeños objetos que habían pertenecido a sus muertos. Al ver a los niños
vestidos con aquellas ropas sintió algo extraño, una mezcla de tristeza y
consuelo que no pudo explicar. Les quedaron grandes, pero estaban limpias y calientes.
El muchacho se miró las mangas y comenzó a reír, y aquella risa infantil, tan
extraña dentro de su casa, produjo en la antigua una sensación que creía
olvidada.
Los niños le contaron
que se habían perdido en el bosque. Dijeron que caminaban con sus padres y que
en algún momento se habían alejado del grupo. Después habían seguido andando,
cada vez más lejos, hasta que ya no supieron encontrar el camino de regreso. La
antigua les preguntó dónde estaba su pueblo y la niña señaló vagamente hacia el
oeste.
Los días comenzaron a
parecerse unos a otros. Por las mañanas recogían leña y buscaban alimentos. La
antigua les enseñaba qué frutos podían comer y cuáles podían matar a un hombre
en pocas horas, cómo distinguir las huellas de los animales y cómo saber si el
agua de un arroyo era segura. La niña aprendía rápidamente y observaba todo con
una atención que a la mujer le resultaba sorprendente; el muchacho, en cambio,
era inquieto y se distraía con cualquier cosa. Una tarde encontró entre las
raíces de un árbol una piedra tallada y se la llevó. La antigua la reconoció
inmediatamente. Había pertenecido a uno de los hombres de su pueblo y
probablemente había pasado de mano en mano durante generaciones antes de
terminar allí. El niño le preguntó qué era y ella respondió que era algo de su
pueblo. Entonces él le preguntó dónde estaba ese pueblo. La antigua miró hacia
los árboles y dijo que estaba allí. El niño no comprendió, y ella tampoco
intentó explicárselo.
Poco a poco comenzó a
hablarles de su mundo. Les contó historias que había aprendido de su madre,
relatos sobre los espíritus del río, sobre los animales que protegían
determinados lugares y sobre los hombres que habían vivido allí antes de que
llegaran los extranjeros. No les habló de la matanza. Esa parte de su memoria
permanecía cerrada, demasiado profunda incluso para ella. Por las noches los
niños se sentaban junto al fuego y escuchaban sus relatos.
Una mañana llevó a la
niña hasta el río. Caminaron durante largo tiempo entre los árboles y cuando
llegaron al agua la antigua se detuvo. Le enseñó las palabras que debían
pronunciarse antes de entrar y la niña las repitió con cuidado. La mujer
escuchó aquella voz infantil pronunciando las palabras de sus antepasados y
cerró los ojos. Hacía muchos años que nadie las pronunciaba. Por un instante
creyó escuchar a su madre, como si estuviera detrás de ella, y también creyó
escuchar las voces de todos aquellos que habían muerto. Pero esta vez no eran
voces de dolor ni de reproche. Era un murmullo tranquilo, casi como si los
muertos aceptaran finalmente que aquello que habían confiado a sus
descendientes todavía podía sobrevivir.
Así transcurrieron
algunos días más, y la antigua comenzó a recuperar una felicidad que ya no
esperaba conocer. No era una felicidad completa, porque el pasado seguía allí,
oculto en cada rincón del bosque y en cada una de las voces que escuchaba
durante las noches, pero había encontrado una tarea. Podía enseñar. Podía
transmitir. Podía entregar a alguien aquello que había recibido de los muertos.
Y aunque los niños pertenecieran al pueblo de quienes habían destruido al suyo,
algo en ella había decidido que aquello no importaba. Había comprendido que el
legado de su pueblo no consistía solamente en recordar a los muertos, sino
también en conservar aquello que ellos habían considerado digno de ser
conservado; el cuidado de los débiles, la hospitalidad hacia el perdido, el
respeto por la vida y la obligación de ayudar a quien se encuentra a merced del
bosque.
Una mañana el niño
desapareció. Al principio la antigua creyó que estaría jugando cerca de la
casa. Lo llamó varias veces y esperó escuchar su risa, pero solamente respondió
el viento entre las ramas. Buscó junto al arroyo, detrás de los árboles y en
los senderos que conocía desde hacía tantos años. La niña la siguió durante
toda la búsqueda, cada vez más asustada. Cuando cayó la noche encendieron
antorchas y continuaron buscando. La antigua conocía el bosque mejor que
cualquier ser humano vivo y podía reconocer una huella entre cientos, pero no
encontró nada. Al amanecer regresaron a la casa sin haber dormido.
Durante los días
siguientes la búsqueda continuó. La antigua recorrió lugares en los que jamás
había vuelto a entrar desde su juventud y llegó incluso hasta los límites del
territorio donde había vivido escondida durante décadas. La niña apenas
hablaba. Por las noches se sentaban frente al fuego y escuchaban los sonidos
del bosque. La antigua comenzó a pensar que quizás el bosque se había llevado
al niño. Aquella posibilidad le resultaba insoportable. Por primera vez desde
hacía muchos años volvió a invocar al espíritu que, según las enseñanzas de su
madre, habitaba en lo profundo de aquellas tierras. Se arrodilló sobre la
tierra, apoyó las manos en el suelo y pronunció las palabras antiguas. Le pidió
que le mostrara dónde estaba el niño, que le permitiera encontrarlo. Esperó
durante largo rato, pero no vio nada. El espíritu permaneció en silencio.
Una mañana, cuando el
sol comenzaba a elevarse entre los árboles, escucharon voces a lo lejos.
Primero fueron apenas un murmullo, después pudieron distinguirse palabras y
finalmente llegó hasta ellas el sonido de los caballos y el metal de las armas.
La antigua salió de la casa y permaneció inmóvil. Entre los árboles apareció el
niño. Estaba sano. Caminaba de la mano de un hombre y detrás de él había otros
hombres armados.
Durante un instante la
antigua solamente pudo ver al niño. Toda la angustia de aquellos días pareció
desaparecer de golpe. Había vuelto. Pensó que aquellos debían ser sus padres y
que finalmente todo había terminado. Incluso sintió alegría. El niño la vio y
señaló hacia ella. Gritó que aquella mujer lo había salvado, que lo había
alimentado y cuidado. La antigua esperó entonces que los hombres se acercaran,
que comprendieran lo ocurrido y que le agradecieran haber protegido al
muchacho. Esperó alguna palabra de gratitud, algún gesto que demostrara que
todavía existía entre ellos algo semejante al reconocimiento. Pero los hombres
no dijeron nada.
Uno de ellos observó la
casa. Otro miró las ropas de los niños.. Fue entonces cuando la antigua
comprendió que no habían venido solamente por el niño. La niña tomó su mano y
ella sintió cómo los dedos de la pequeña temblaban.
Uno de los soldados
levantó el arma. La antigua miró al niño. Él lloraba y gritaba que no le
hicieran daño, que ella lo había salvado. Pero nadie respondió. La mujer
comprendió entonces que la violencia de aquellos hombres no había cambiado en
todos los años transcurridos desde la destrucción de su pueblo. Habían llegado
con armas y cruces cuando ella era joven y ahora regresaban con otras armas,
con otros hombres y con los mismos ojos.
Empujó a la niña detrás
de ella. El disparo atravesó el silencio del bosque. La antigua cayó de
rodillas, pero todavía permaneció consciente. Los soldados entraron en la casa
y comenzaron a sacar sus pertenencias. Arrojaron al suelo las semillas, los
instrumentos, las piedras talladas y los objetos que habían pertenecido a sus
muertos. Después comenzaron a prender fuego a la vivienda. El humo cubrió
lentamente el interior y las llamas comenzaron a trepar por las paredes. La
antigua escuchó entonces las voces.
Durante décadas había
escuchado a los muertos hablar desde el bosque y ahora, mientras el fuego se
acercaba, aquellas voces parecían más claras que nunca. Por un instante creyó
que venían a buscarla. Pero entonces escuchó otra voz, una voz pequeña y viva.
Era la niña, que lloraba mientras uno de los soldados se la llevaba.
La antigua abrió los
ojos y la vio alejarse. Quiso levantarse, pero ya no tenía fuerzas. Entonces la
niña volvió la cabeza y sus miradas se encontraron. La antigua levantó una
mano. No fue un gesto de despedida. Fue el mismo gesto con el que había
bendecido a sus hijos tantos años atrás, cuando todavía existía un pueblo al
que podía llamar suyo.
Después las llamas
cubrieron la casa.

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